
Sufjan Stevens anuncia el lanzamiento de Carrie & Lowell (10th Anniversary Edition). Una edición especial del álbum que marcó su carrera, redefinió su vínculo con el público y también, de alguna manera, un vínculo nuevo con él mismo.
En una carrera como la de Sufjan Stevens es difícil demostrar efectivamente el impacto social que un proyecto puede marcar. En 2003 Michigan, acústico e imparable; 2004 Seven Swans, callado e íntimo; 2005 Illinois, grandioso y ecléctico; 2010 The Age of Adz, inesperado y mordaz; estos eran los proyectos anteriores del cantante de Michigan. Sin embargo, para el 2015, en Sufjan había algo que antes no existía, o más bien, dejó de entrar ese algo en su vida. En 2012, su madre, Carrie, perdió la batalla contra un cáncer de estómago que también se llevó páginas en blanco de la vida de Stevens.
La relación entre el cantautor estadounidense y su madre no era la de amor incondicional que uno esperaría al escuchar Carrie & Lowell (2015). Era más bien, una relación inoperante, confusa, altiva, pero necesaria. “Sentada en la cama / con el halo en tu cabeza / ¿fue todo un disfraz?” relata Stevens en la canción “Fourth of July”. Esta funge el propósito de escarbar los últimos recuerdos que tuvo junto a su madre, en el mismo hospital en el que su corazón dejó de latir.

En un álbum como Carrie & Lowell, resulta imposible una escucha sin reacción. “¿Cuál es el sentido de cantar canciones / si nunca siquiera te escucharán?”, “Ahora que he caído en tus brazos / mi único amor / me abandonó para rendirme / mientras busco la cápsula que una vez perdí” (“Eugene”, “No Shade in the Shadow of the Cross”), son letras de Stevens que, junto a su voz quebrada, casi en llanto, van despojando la armadura que tenía el cantante no solo con el público, sino consigo mismo, a pesar de ser conocido como un artista que deja todo el sentir entre el papel y la pluma.
A lo largo de este LP, el estadounidense se da cuenta de la falta que hace su madre en vida. Abandonando las fracturas y cicatrices del pasado, Stevens necesita, ahora más que nunca, el cariño que su madre nunca le dio. Es el mismo artista el que lo menciona en “Should Have Known Better”. No es conocimiento nuevo ni secreto el que Carrie Stevens, la madre de Sufjan, padeció de síndrome de bipolaridad y esquizofrenia. Fueron estos los detonantes en el abuso de sustancias de la difunta madre y después del propio Stevens. En su canción “Drawn to the Blood”, Sufjan nos abre una puerta hacia el purgatorio que surge a partir del duelo y la añoranza por una vida falsa, inexistente.
En un momento de desesperación artística, el revivir el tiempo pasado, tiempo viejo, resultó como una pila creativa para el estadounidense, pues muchas canciones del álbum fueron grabadas en un iPhone, en un cuarto empolvado, cuarto de nadie, en alguna esquina de Oregon. Todo en un intento pobre por encontrar lo que no existe y no deja rastro más que en las vísceras: el pasado. “Debería haberlo sabido / nada puede cambiarse / el pasado sigue siendo el pasado / un puente hacia ninguna parte” (“I Should Have Known Better”).
Manifestar el dolor, transcribirlo a palabra, expresarlo en sonido, son acciones a las que Stevens ha sabido concentrar su emoción y transmitirlo al entramado de la música. La madre como símbolo de vida, de memoria y nostalgia son las cualidades en los obscuros rincones de este álbum.
El escribir de Sufjan Stevens nos lleva por lugares que físicamente han mantenido pocos. Al menos él, hablando desde el recuerdo, ha mantenido ese espacio tatuado en su cuerpo. Una vida infantil que clamaba por algo más, algo distinto: un amor que nunca supo abrazar a su interlocutor y se resguardaba detrás de la humareda del cigarro y el vaso sin fondo del alcohol.

Penas inconclusas también son intrínsecas a Carrie & Lowell. Ese adiós mal dado, maltrecho, mantuvo a Stevens paralelo al vivir, al continuar con un fantasma del que no se pudo despedir. “Bajo un velo de grandes disfraces / ¿cómo puedo vivir con tu fantasma?” (“The Only Thing”).
Son pocas las palabras que se pueden escribir al respecto de estas 11 canciones y 44 minutos porque ya lo dicen todo. En ellas hay una batalla contra el tiempo y contra la memoria, una pelea imperturbable con el adiós y la necesidad de dejar ir. Pero también hay un reencuentro. Un reencuentro que se da con el pasado y mira hacia el futuro, una recabación del presente desde mirada ajena y un acuerdo con los fantasmas personales para dejar ir y continuar. Donde cada paso no borra el anterior pero sí decide nunca volver a darlo, porque ese puente que mira hacia atrás esta quebrado, no lleva a nada, permanece siempre interminable.
Tiempo después, 8 años para ser exactos, la pareja de Stevens por 14 años, Evans Richardson, fallecería. La última entrega del artista, Javelin (2023), sería una carta de despedida la cuál culmina con un cover del siempre presente Neil Young. “There’s a World” termina abrazando el paso de cada persona por la tierra. Aceptando los calvarios más bajos y corriendo por las colinas más altas. Aquí, Sufjan Stevens, de Detroit, Michigan, se permite decir adiós de nuevo. Despedirse de algo dentro de él. De alguien que rozó su cuerpo de las maneras más profundas. Un adiós a sabiendas que no será correspondido. Y aún así, se despide. “Hay un mundo en el que habitas / nadie más ocupa tu lugar […] respira y sopla con fuerza” (“There’s a World”), son las últimas palabras que hemos escuchado hasta el momento del autor de Carrie & Lowell.