
El director JAMES GUNN y DAVID CORENSWET en el set de “SUPERMAN”, una película de DC Studios y Warner Bros. Pictures, distribuida por Warner Bros. Pictures.
En la crítica cinematográfica contemporánea —y más aún cuando se trata de productos nacidos de conglomerados como Disney o Warner— suelen destacarse elementos como la cinematografía, los efectos visuales, las actuaciones, la banda sonora. En lecturas más profundas emergen el guion, el ritmo o la arquitectura narrativa. Sin embargo, pocas veces el fondo, el llamado ‘mensaje’ —palabra que se me antoja insípida— se considera una luz determinante. En el cine de superhéroes, esa dimensión suele funcionar como un aditamento más dentro del engranaje y no, al menos hasta el Superman de James Gunn, como el motor central del relato.
No es casual. Los antecedentes no abundan. La misma audiencia, criada entre repetición, exige ver lo que espera. Y así, casi dos décadas después de que Marvel decidiera construir su propio universo cinematográfico, la ficción heroica ha ofrecido un discurso escasamente articulado sobre los conflictos reales del presente. Hasta el momento, no había encapuchado ni enmascarado que se acercara de manera frontal a un conflicto tan incómodo e inflamable, como el que –mientras escribo esta reseña– continúa desbordándose en la Franja de Gaza.


DAVID CORENSWET como Superman en “SUPERMAN” de Warner Bros. Pictures, una película distribuida por Warner Bros. Pictures.

James Gunn no trata de ser discreto y no tendría por qué. Es admirable que, en una superproducción de esta magnitud, el discurso no solo esté presente, sino que actúe como luz a través del ventanal: inevitable y verdadero. Cuando el enfoque central es este, me resulta fútil señalar las ausencias técnicas. Sí, la banda sonora es repetitiva; sí, están los personajes cuyo único propósito es escupir exposición. También el tono es un poco indeciso de lo que quiere realmente ser. David Corenswet es un buen actor, así, a secas, como el resto de actores que se han puesto el traje. Pero reducirme a esto resulta trivial, insuficiente y, francamente, pueril.
Lo que se nos está presentando en pantalla grande y a todo color es una verdad imposible de ignorar. Ya no es una cuestión que se remite a un bramido corajudo por un “director’s cut” o el giro “woke” de una franquicia. No se trata de tener una visión testaruda de lo que no es, no hay sentido en eso. Lo que está en juego aquí no es estética o fanatismo vacío y, sin escapatoria, abre las puertas a tomar partido y actuar ante ello. Todo está ahí, en Kodakcolor o en Panavision, en un archivo en crudo de ARRI o en ProRes. Cuando la sustancia es más grande que lo demás, el tecnicismo se convierte en insignificancia.