
En la West 21st Street, en Nueva York, la galería Gagosian acoge una de las exposiciones más ambiciosas de Takashi Murakami hasta la fecha. JAPONISME → Cognitive Revolution: Learning from Hiroshige. La muestra reúne 121 lienzos recientes del artista japonés, en un diálogo visual que enlaza tres siglos de historia, multiplicando las referencias entre el ukiyo-e clásico, el impresionismo europeo y el arte pop contemporáneo.
Inspirado por la célebre serie 100 vistas famosas de Edo de Utagawa Hiroshige (1797–1858), Murakami reinterpreta sus composiciones con la soltura y el brillo que lo han convertido en una figura global. La tesis es simple: el arte japonés, que inspiró a occidente durante el auge del japonismo en el siglo XIX, regresa a Japón desde una lente occidentalizada. Lo que se presenta aquí no es solo homenaje ni imitación: es, en palabras del propio Murakami, un proceso de backcrossing artístico. Una especie de cruzamiento genético donde las influencias retornan a su punto de origen transformadas por la hibridez cultural.
Las obras expuestas —realizadas entre 2024 y 2025— muestran paisajes urbanos y rurales del antiguo Edo intervenidos por los personajes típicos de Murakami, texturas digitales, brillo de glitter y geometrías exageradas. Hay guiños a la ciencia ficción, a la iconografía kawaii, e incluso a motivos comerciales como los monogramas de Louis Vuitton. Lo que podría parecer una colisión estética, funciona como un palimpsesto: Whistler sobre Hiroshige, Van Gogh sobre ambos y Murakami, en lienzo nuevo, se remite a la inspiración e influencia. Cada obra lleva una ficha técnica que le da el crédito a Takashi Murakami, pero en la semántica del arte, todos estos artistas conviven en el mismo plano pictórico
Entre las piezas más destacadas se encuentra Hiroshige’s 100 Famous Views of Edo: Japonisme Reconsidered—Suidō Bridge and Surugadai. Esta es una monumental obra de más de tres metros y medio, donde el puente y el río aparecen atravesados por criaturas fantásticas y estructuras geométricas imposibles. En otras piezas, como Kyōbashi Takegashi UFOs Have Been Flying Over Japan!, la apropiación es más lúdica y abierta: un paisaje tradicional se ve invadido por ovnis que vuelan sobre la ciudad, mezclando humor y ciencia ficción con la precisión formal de la estampa clásica.
Murakami también interviene pinturas europeas influenciadas por Japón, como el Nocturno en azul y dorado de Whistler. Es un diálogo de influencias para cuestionar lo que entendemos por “original”. En otra obra, Vincent van Gogh’s “Self-Portrait as a Monk” Since Ukiyo-e Artists May have Been Monks, I Tried Being One, el artista se disfraza simbólicamente de monje. Murakami asume el rol de médium cultural entre tiempos y sensibilidades.




A lo largo del recorrido, el japonés recupera la estructura visual de las obras ukiyo-e y las lleva a sus propios códigos. Algunas piezas están montadas sobre marcos de aluminio, otras pintadas con acrílico y glitter. Las dimensiones varían desde formatos pequeños e íntimos hasta piezas monumentales que inundan la sala con color y saturación.
Pero esta exposición no es solo un ejercicio de estilo. Es también una reflexión profunda sobre cómo las imágenes circulan, mutan y se resignifican. Murakami no borra la historia, de querer hacerlo no lo lograría. En la Gagosian de Nueva York se analiza desde una mirada hacia el estudio cultural. Reconsidera el japonismo como como una moda exótica del pasado. Arte vivo de ida y vuelta. Pues siempre la identidad artística japonesa se construye, se pierde y se reencuentra en cada cruce de caminos.
En este sentido, la obra de Murakami puede leerse como una crónica visual de la globalización cultural. Una defensa del arte como medio de pensamiento. Después de todo, el arte asimila su entorno. Su revolución cognitiva ocurre desde un discurso que toma la imagen como vocabulario. Es allí donde Whistler cruza miradas con Hiroshige al ritmo de la moda contemporánea.
JAPONISME → Cognitive Revolution: Learning from Hiroshige es una exposición de Murakami, si. Pero al mismo tiempo es un Partenón para aquellos, los mejores, en hacer esto del arte. Murakami exclama su discurso sobre la réplica, la transformación y, después, se devuelve a sí mismo. Una propuesta que, como el propio artista, desborda las fronteras de lo nacional, lo histórico y lo académico. Experiencia sensorial y crítica a partes iguales. Una invitación a mirar no solo el arte japonés, sino lo japonés en el arte global.