Un espacio luminoso al sur de California: The Mission Inn

Entre vitrales, campanas eternas y pasillos que parecen suspendidos en el tiempo, The Mission Inn guarda la memoria viva de Riverside. Un museo habitable para convivir con el pasado y exponerlo en el presente.

Fotografía por René Villaseñor.

Abrazado por la enorme sombra de los condados de San Bernardino y San Diego, The Mission Inn da luz —de manera literal, cuando el tiempo es bueno— al condado de Riverside. Entre arte y cultura, este imperio, hogar de historia, parte la 91, Riverside Freeway, con su basta presencia. Días enteros son necesarios para conocerle de cerca y aún así, cualquiera gustaría darse a esa tarea.

Entre arte, The Mission Inn no resalta por no pertenecer. A pasos del Cheech Marin, epicentro del arte chicano en California, y el Museo de Arte de Riverside, cualquiera entiende fácilmente, al acercarse por estas calles más bien silenciosas, que la apuesta se decanta por otras virtudes que no son la instantánea. Caminar entre los pasillos inmaculados del hotel, observar de arriba, amarillo y eterno, al Riverside, llega la sensación —más bien instinto—, de que nada en el rango natural de la vista envejece. Que así se ha mantenido por siglos y el plan no es cambiar.

La capilla, sede de bodas de otros más afortunados, entiende el tiempo distinto. No busca futuro lejano, más bien olvida su existencia y fluye con ello. Porque cuando el tiempo no sucede, tampoco sus inclemencias se hacen notar. Así vive The Mission Inn, en un eterno retumbar de campanas. Maderas de misiones en otro idioma y en otras pieles aún conservan la principal cualidad de dar techo y calidez. El sol retumba en la azotea que se ha convertido en aliada y lo aleja del salón, digno de cualquier baile de vestido largo y saco militar. Todo como salido de un mito. Louis Comfort Tiffany también deja la huella dactilar en esta leyenda que no termina: ventanales embadurnados de color saturado y tiempo. La capilla como ninguna, y al mismo tiempo se puede imaginar en ella cualquier cosa digna de ser grandiosa. 

Pinturas originales del siglo XVI; ventanales católicos de las misiones originales hacia ese mundo tan distinto entonces y, sin embargo, ocupa el mismo territorio; un órgano encargado de amenizar la danza de aquellos fantasmas que eligieron nunca terminar —esa presencia era evidente al pisar la tarima—. Por sí solo es un museo de vida viva. De historias interminables para recorrer cada esquina no pisada por las misiones que araron este territorio. Pero también es una estela de gastronomía y hospitalidad para encontrar el pueblo de Riverside. 

Desde noviembre, me lo comentó mi anfitrión, la luz metafórica se convierte en realidad. Hasta los satélites despiertan su interés por la vida del Mission. En su Festival de Luces, millones de ellas bailan al ritmo de las parejas que se quedaron en el trance del salón. Los primeros misioneros quedan iluminados por lo que parece ser una catarsis propia de la tierra. En esta época del año se entrega todo lo que con el tiempo ha quedado bajo candado. Se dan a conocer secretos, se libera del silencio análogo del pasado y cae un estruendo para entender que en esta esquina de Riverside todo y nada se conserva para el futuro.