
En el número 120 de Alfonso Reyes, donde hace más de una década La Botica escribía las primeras líneas del boom mezcalero en la Ciudad de México, hoy renace un espíritu distinto, pero igual de potente. Trampa Bar. Fundado por un grupo de amigos que vivieron de cerca aquella época dorada, Trampa no intenta replicar el pasado, sino rendirle homenaje desde una mirada contemporánea. El resultado es un espacio que, sin nostalgia, respira comunidad, fiesta y sentido de pertenencia.
La atmósfera de Trampa es envolvente desde la entrada. Un interior rojo, casi cavernoso, impregnado de copal, sumerge al visitante en una experiencia sensorial que trasciende lo visual. Es un escondite moderno que parece conjurar la magia de las noches largas, de las conversaciones que se alargan entre copas y buena música.




La propuesta de Trampa va más allá del coctel bien hecho (aunque eso también lo domina). Su carta equilibra clásicos infalibles —Old Fashioned, Negroni, Margarita— con creaciones propias que reflejan su personalidad libre y juguetona. Tragos como Zacatlán, Inmerso o Remedio Casero exploran sabores con intención, sin miedo a la sorpresa. A esta mixología se suma una carta de tapas de inspiración mediterránea. Gildas, focaccia, burrata y sobrasada con betabel que invitan al compartir y al disfrute pausado.
Pero Trampa no es solo bebida y comida. Es también música, ritmo y comunidad. Con una curaduría sonora cuidada y un sistema de audio diseñado para envolver sin invadir, el bar se ha ganado un lugar entre los favoritos de la Roma. Perfecto para una cita, un reencuentro entre amigos o una noche de descubrimiento, Trampa se siente como un secreto compartido.
Con horarios amplios y un espíritu que combina intimidad y celebración, Trampa Bar promete consolidarse como uno de los espacios más genuinos de la escena nocturna capitalina. Un rincón donde cada noche encuentra su propio fuego.