
Desde arriba en el Ajusco, muralla que protege a este nuestro valle, casi todo lo demás carece de sentido. Anáhuac se ve completo; sus lágrimas —las pocas que se deslizan por sus mejillas— están ahí, latiendo añares. Este mismo valle, secado a palas de bronce, iluminado todo por farolillos de hojalata, se recuerda por lo vasto de sus héroes. Ahí, en el pico más alto del Águila, están los que ya no están.
Al mismo tiempo que la escena entra por los ojos, el existir —lo que viene— se escapa. No, más bien, se reconfigura. Las prioridades se intercalan, la vida se vive de cabeza, el sol se toca con el cabello y los pulmones se llenan de verde vida. Verde viento, verdes ramas.












Esta cima es parte real de una leyenda en construcción. El lienzo que se pinta desde ahí, a la Velasco, es real: es la misma de antes, idéntica a la próxima. De lejos, encuadrada por bosque verde y maleza seca vestida de amarillo, está el asfalto con sus luces y extrañas miradas. Te mira de regreso, pero eres invisible. El Ajusco —donde brota el agua— eres tú; es el primer mexica que volteó desde ahí para encontrar esa cuenca lacustre que hoy conversa con la vida de 25 millones de personas y un Xochimilco que se niega a ceder su espacio a la tierra gris nuestra.
Con fuego dormido, huellas húmedas de ríos invisibles, piedras caídas como relámpagos de Dios, el Ajusco —volcán vigilante— sigue amable, prestando sus senderos, enterrado tiempos incontables, martirizando lo ya desvanecido. Pico del Águila, especie de canela el color, planicie brotada de fuego y aire: es la estela que agrieta las manos de nuestros primeros. Lo que hubo aquí tan solo enciende las luces de un teatro casi vacío. Cada valle, cada montaña exclama al final de la obra que, sin senderos, la vida es de papel.