Japón: notas de un diario inconcluso

“Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al atardecer algunos años antes de que nacieras”. - Jorge Luis Borges, 1934.

Fotografía por René Villaseñor.

Fue por esos meses en los que estuve en Japón que empecé a escribir un diario. Sabía que la fotografía no me bastaba para llevar un registro, y que, tarde o temprano, la memoria me terminaría por traicionar. En ese momento —ingenuo fui— lo único que quería era manifestar al mundo lo vivido y lo que se vivirá. Me preocupaba por un futuro desdibujado, queriendo atraparlo sin siquiera haber nacido. Dos años de la última vez que estuve en Tokio, viendo de frente al río Sumida en cualquier madrugada, iluminado inclemente por la farola de la torre más alta del país, dándole la espalda a la vida y el pasado del templo de Asakusa y, tal vez, mis intentos por querer retener todo en papel y carbón, celuloide y plata, fueron en vano. 

Así aprendí —tarde, lento— que Japón no se apresura, no se entrega a uno sin querer buscarlo y, mucho menos, se guarda. Seis meses, 152 días, tardó aquél territorio de oriente en forjar la herrería con la que hoy se estalla en mi memoria. Callejones infinitos porque el siguiente es igual al anterior; pasos, millares de ellos, para agotar la posibilidad de arrepentimiento; peregrinajes diarios, donde al terminar la jornada, la persona que se refresca a la intemperie con un cigarrillo afuera de cualquier tienda de conveniencia es distinta a la que despertó. Este texto terminará en una página de internet, será visto quizás como un pobre intento de pensamiento al estilo de Arenas o Galeano. La vida seguirá, pero sin llevarse el recuerdo. No sé si amerita tanto melodrama.

Fotografía por René Villaseñor.

Kioto, desde acá, me retiene, amordazado. No me suelta, y es el principal responsable en complejizar este ejercicio de memoria. El viento azota y quiebra los labios, las manos desde los bolsillos sudan y ese valle permanece en silencio. Desde el Monte Hiei, las dos veces que me regaló su sendero, la ciudad te regresa la mirada y exclama tu regreso. Al otro lado, Arashiyama —bosque hueco, bosque de bambú— repite el murmullo de los chistes y las risas que se quedaron. Los trenes, terribles, me regresaban a la vida y la ciudad de los templos quedaba atrás. Aquí, solo acompañaban esa voz inconfundible que se encarga de predecir cada estación, el silencio y las miradas perdidas de nosotros, los que regresamos del Kioto de ese día. A la mañana siguiente sabía, lo sabe cualquiera que haya estado allí, que repetiría el viaje. 

Ese mismo tren que me sacaba de Kioto, si decidía quedarme el final de la línea, me aventaba a la Osaka de luces y carne (¿Cómo puede ser que sean solo 30 minutos los que separan estas dos ciudades?). Aquí el tiempo es fugaz. Sin reloj es fácil confundir el final de una jornada con el inicio de la siguiente. En ese momento, todos aparecen en escena. 

“La cocina de Japón” es el apodo de esta urbe, una de sus tantas maneras de demostrar la calidez y la gracia que esta cultura alberga. Desde acá, en un departamento de la Ciudad de México, un recuerdo azul de las noches en Osaka llega. Entrados en calor en el espacio mínimo indispensable. El sonido es virtud de una radio de al menos 30 años de uso. Detrás de la barra, dos ancianos ansiosos por compartir lo que fuese de aquellos jóvenes que, por un tiempo, fueron sus más frecuentes clientes. Me pregunto si en ese cuarto aún está nuestro eco, si desde allá hay recuerdo ajeno de lo que escribo y describo ahora. 

Fotografía por René Villaseñor.

También está Tokio. Esa fue mi última parada, mi última visita a Japón hasta entonces. Ese hervidero de emociones tan difícil de aterrizar. 40 millones de personas en esa metrópolis que pesaron en mi cuerpo hasta derribarlo. Es mucho lo que esta ciudad exige y me rendí de rodillas ante ella. Dos semanas fueron suficientes para entender que nada en el mundo se asimila a esto. Este ir y venir resultó cansado, ajeno, libre de cualquier comodidad. Esa ciudad de fantasmas se levanta ahora en mí como una bestia ingobernable. Sin embargo, Anthony Bourdain, David Bowie, Roland Barthes, están de acuerdo conmigo cuando afirmo que los sueños en Tokio se apetecen distintos. Es tal vez porque el sueño nunca acaba, y el despertar solo llega al salir.

Recuerdo haber leído a Borges —¿a quién más?— a la sombra de luna que me dieron los cipreses de Koyasan, pueblo ausente del vaivén global, y haber entendido que el camino se camina. Frase indulgente que tal vez cobre sentido con lo mío. Por cuatro días y tres noches dejé de existir. En ese pueblo de desiertos invisibles, hombro con hombro, uno se tiene que abrir paso entre la historia y las estatuas que aún protegen mi tacto. Parece que nunca tomé el teleférico de regreso al lugar en el que siempre he vivido. Algo de todos se lo queda el monte Koyasan y lo entierra con las tumbas de su cementerio. Kukai aterriza aquí y los fantasmas, mi fantasma, levitan a la cadencia del sánscrito hablado. De regreso a la ciudad, la neblina iba desapareciendo para traer de vuelta lo ofrecido a pie de montaña: memoria, razón, sentimiento. 

Después, el verano me llevó hasta Hiroshima. Apenas pisarla el pasado se abalanza sobre mí. Todo llegó de golpe y era claro que el aire ahí caía en los pulmones con otro sabor. En un intento de entenderlo mejor, vagué por la noche. Todo lo que sabía de aquí lo había aprendido de los libros y el cine. Pobre enseñanza. Las pruebas del pasado estaban ahí, intactas y gigantes. Todavía están en lo que soy hoy; me pregunto si aún se pueden ver. Cruzando el mar de Seto, solo accesible en ferry, está Itsukushima, que lo vio todo. Como en tantos otros lugares de Japón, aquí se vive un solo momento compartido por cualquiera que haya tenido la dicha de pisar esta arena o que la tendrá en el futuro. Aquí también dejé mi fantasma. 

De regreso en el hostal a las puertas del Museo en Memoria de la Paz, la ternura es abrasadora. Recuerdo, con lágrimas en los ojos, querer contactar sin éxito a las personas que dejé en México antes de cruzar el Pacífico. 

Quisiera disculpar el tono ensimismado con el que estoy escribiendo, la realidad es que no encontré otro que hiciera frente al cielo viejo que me vende ese lado del mundo. Me doy cuenta que temo ponerle el punto final a este texto. Puede que con él mi historia con el Japón que conocí termine. Porque sé que en mi inevitable regreso —espero el día— ese espacio llegará distinto. No. Yo seré distinto. Porque Japón no cambia. La historia lo ha intentado muchas veces; guerras, industrialización, turismo, las características del mundo capital. Y el país del sol naciente permanece intacto. Kioto atardecía igual que en las películas de Ozu. Hiroshima fue idéntico al que me presentó Resnais en Hiroshima Mon Amour (1959). Aún en blanco y negro el color se puede encontrar. 

Llevo varios días ya frente a la página en blanco del procesador de palabras, sentado en la oficina, en la sala levemente iluminada de mi departamento o en algún café sin nombre de la Ciudad de México, tratando de hilar letras que me lleven a algún lugar del sur de Kioto. Volver a caminar por la noche iluminada de Osaka a través de palabras. Pero el ejercicio es de piedra, no se me abre, no responde, se queda quieto y no se deja llevar por el ritmo de las teclas de Bill Evans o de la trompeta de Chet Baker. Trato con música, con el sabor amargo del café, ruidos blancos, techos altos o silencio total. Mi mente rehuye a ese párrafo final. Las historias por contar llegan a borbotones y el espacio se me termina.

¿Y qué es lo que he querido decir? ¿Qué aparece en la página? Un recuerdo, una canción, un olor específico: esas herramientas que nos ligan a lugares en los que tanto se vivió. La semblanza definitiva de un tiempo lejano yace en las 1,457 palabras que componen este relato. Quiero seguir escribiendo, no quiero dejar de hacerlo o el recuerdo se termina. Japón queda ahí, en esa isla inmensa de cara al océano, y en mi campaña, una que sé compartida por otros cuantos adormecidos por lo que fue este experimento. Entre silencios, en mi madrugada, el sol se levanta en el afortunado río Kamo al margen de Kioto. Sigo ahí, no me he ido. Solo estoy esperando, diario en mano, mi propio regreso.