Una crónica: altamar desde el Ovation of the Seas

Un recorrido que se cruza y se transforma con el océano, la inmensidad del agua. Acá en la vida marina el tiempo se hace eterno, la rutina es compartida y el instante es un diario de nunca acabar.

Fotografía René Villaseñor

El punto de encuentro es Long Beach, la South Bay de Los Ángeles. Cálido, fuerte, ventoso, el clima. El sol pegaba en la frente, suave, amplio. Este recorrido inicia en tierra pero se dirige al mar, objetivo final. Las emociones son encontradas en medio; nervios de despegar los pies de suelo fértil, ansia por llegar al tambaleo entre las olas. Poco a poco, la avenida Queens Way se estructura hasta formar un puente. Desde ahí, la visión se cuestiona más de una vez, la vida se vuelve humilde. Navíos como ciudades enteras, maquinaria que parece haber estado inspirada en Lovecraft y a lo lejos, nuestro destino. Una plegaria, una vida de honor y peso para el océano: Ovation of the Seas.

La fila no es larga y el recibimiento es una verdadera bienvenida al hogar que se habitará durante las próximas tres noches. El sonido del mariachi, mientras se recorre la rampa de abordaje, comienza a hacerse más fuerte; al principio era música indistinguible, al entrar al barco era una exclamación explícita del recorrido por hacer. La bahía sur de Los Ángeles hará una visita al puerto más limítrofe del norte de México: Ensenada. El Ovation de Royal Caribbean no tartamudea. Desde la entrada en la quinta cubierta se explota en los cinco sentidos sin titubeos —todo es real, así va a ser, y así se estará—.

Un par de horas. Las primeras actividades, las de seguridad, se realizan sin problema. El barco se vive como un huracán; los recorridos se hacen a paso rápido entre los gritos de emoción por el devenir y la confusión de llegar al camarote. Lo encontramos. La puerta se desliza, pesada, para dibujar en la mirada un paisaje de mar y tierra. El puerto de Long Beach sigue ahí, pero desde acá, desde la cubierta diez del Ovation, es distinto. Cambió para mostrar la parte más serena de Los Ángeles —cara nueva para el condado de las luces y las estrellas—. Diez minutos pasaron como una palma de segundos frente al balcón. El aire no se dudaba en entrar hasta el final del camarote y el cabello perdía la forma al escuchar el lenguaje del viento. Ese mismo idioma en el rostro da vida y pared en dónde recargar la espera. 

Fotografía René Villaseñor

Las bocinas anunciaron el próximo levantar de anclas. Las cubiertas, cada una de ellas, con idas y venidas de gente disfrutando del breve hogar. En los elevadores las pláticas se sembraban, crecían y morían en cuestión de segundos. Subiendo y bajando, pisos erróneos, cubiertas llenas, ascensores sin cupo fueron necesarios para adaptarse de a poco al mar.

Llegamos al piso 14 y, por primera vez desde el ingreso al barco, la luz del sol se hacía presente. Apenas salir a la cubierta, la lucha entre lo álgido y lo cálido era evidente. El día comenzaba a partir y el viento salía a despedirlo. Tal vez la brisa del zarpe se empezaba a notar en la piel; sin darnos cuenta y sin movimiento que lo demostrara, el Ovation había dejado al puerto de Long Beach lejos, y lo que antes fue una estela enorme de vida industrial, era ahora una pieza más de tierra lejana. 

Así llegó la noche, la tanta sombra. La primera de las tres próximas y el frío se hizo presente, un clima que no sería distinto durante días. Entre copas de vino la charla fluía y la incertidumbre del día siguiente pesaba más. Así como la luna iluminaba con mayor fuerza, la bulla en las cubiertas cuatro y cinco aumentaba. Cada bar, cada restaurante, cada esquina con una frescura interminable de música y carcajadas; sorpresa y asombro todo el tiempo. 

La mañana del día siguiente se despertó entre la neblina. No como una tapa de luz sino como una frescura en el alma. La cita fue a las diez de la mañana en el mirador North Star: una extensión del Ovation que nos vuela por el mar y pinta vistas de mundo ajeno. El cuerpo se estremece sin suelo y el temblor se apodera de las intenciones. No queda nada más que las paredes circulares del North Star y los ojos abiertos para no perderse nada. El día continuó y era hora del almuerzo. Opciones de sobra para elegir. Desde las islas de Asia hasta las costas del pacífico, todo es interminable y la comida gozosa en el paladar.

La fiesta de cada persona se convertía en la de todos mientras el día maduraba. De nuevo había llegado la noche y el segundo día era ya viejo. Ensenada estaba cerca, pero lo primero, lo nocturno, se tenía que enfrentar. En el Music Hall del Ovation of the Seas la música reventaba en cada esquina y la pista, repleta. No había paso sin ritmo en ese lugar, sin embargo, a la mañana, el suelo volvería a ser tierra firme en Ensenada. 

El embarcadero nos recibió y el aire es de sal. El color se siente de fuego y la neblina había huido. Con brazos abiertos, el centro de Ensenada, junto al puerto, recibía a todos los polizones y la calidez se acrecentaba. La fiesta no dejó de ser, se trasladó solamente a tierras mexicanas. Teníamos exactamente ocho horas para disfrutar de la arena y el agua de la Bahía de los Santos. La vendimia artesanal de México estaba ahí, las joyas y las piedras también. Cada sentido es respetado, con confianza. 

Fotografía René Villaseñor

De vuelta al abordaje y todo seguía como la noche anterior. Como si el Ovation no hubiera llegado nunca a tierra. Quedaba menos de un día para disfrutar de un mundo entero a nuestra disposición. La salida de México fue entre abrazos y despedidas de la fauna local. Focas, leones marinos y gaviotas se reunieron en un adiós. Rugidos y graznidos empujaban al barco de vuelta a altamar.

La cena estaba servida. Chops Grille, restaurante boutique de Royal, escribió el epílogo de este viaje que terminará sin acabar. No hay tiempo para acabar. Ni el cuerpo ni la mente se apetece por terminarlo. El mismo barco no lo desea, te atrapa, y no te deja ir. Te envuelve entre los aromas a galletas recién horneadas, el sabor del vino que recorre los labios, la música en vivo que se escapa de sus propias paredes. El Ovation of the Seas no te permite ser olvidado. Es una fábrica de memorias que oscilan entre lo que fue y lo que será. Todo aquí será por siempre y los siguientes pasajeros a bordo de este navío compartirán estas mismas emociones con mi pasado y con su futuro. Esta torre que flota entre olas es una pieza que inventa, permanece y contempla el horizonte infinito del océano.