
Hay viajes que se sienten como un regreso, aunque nunca antes hayas estado ahí. Así fue mi primer safari: seis días en Botsuana, en noviembre, con Wilderness, recorriendo tres campamentos: Mombo, Jao y Duma Tau y, con ellos, tres maneras de ver la misma grandeza.
Desde que era niña, soñaba con ver elefantes en libertad. No en una película, no en un documental. En silencio, de cerca. Y un día, sin buscarlo, el elefante apareció. Cruzaba el río al atardecer, con su familia. Sin prisa, sin pose, como si nada. Para ellos es lo más normal. Para mí, fue todo.


Los campamentos de Wilderness están diseñados con un respeto absoluto por el entorno. La sustentabilidad no es discurso: es estructura. Desde el manejo del agua hasta el diseño de las habitaciones, todo está pensado para convivir sin interrumpir. Dormir ahí, en medio de la nada y rodeada por todo, es un lujo difícil de describir. Las tiendas son amplias, abiertas, discretas. Y los atardeceres… esos te quitan el habla. Te recuerdan lo pequeña que eres frente a un planeta que, cuando se le deja ser, es perfecto.


Cada día comenzaba con café caliente y sonidos lejanos: un rugido, un chapoteo, un canto. Desde la terraza del campamento veías hipopótamos tomando su baño matutino, o una hiena solitaria que rondaba, como si supiera que estábamos ahí. El guía nos decía: “Miren, escuchen. Aquí todo tiene su momento”. Y tenía razón.
Los game drives no son una atracción. Son una lección. Vimos leones cazando con precisión, jabalíes corriendo por su vida, aves que parecían coreografiar el cielo. Todo tiene un ritmo y un orden. Un ciclo. Y ser testigo de eso, sin intervenir, es una de las experiencias más humildes que he vivido.



En la noche, después de cenar bajo las estrellas, probamos gin Okavango. Nos contaron que en tiempos coloniales los británicos bebían gin con quinina para evitar las picaduras de mosquito. Hoy, el gin es local, delicioso y parte de una historia que se entrelaza con el paisaje de Botsuana. Como todo en África: nada está ahí por accidente.
¿Cuándo ir?
Noviembre es una excelente opción: hay menos turistas y el paisaje está en transición, entre la temporada seca y las primeras lluvias. Todo se ve más vivo, más íntimo.
¿Qué empacar?
Ropa ligera pero de manga larga, de colores neutros (beige, verde olivo, khaki), bloqueador, sombrero, binoculares, una buena cámara y sobre todo, disposición para estar sin señal, sin prisa y con todos los sentidos abiertos.


Porque viajar, lo vuelvo a decir, es un verbo. Y en África, en Botsuana, ese verbo se conjuga despacio, en voz baja, y con el corazón mirando al horizonte.