Victoria and Albert Museum: el archivo como espacio público

V&A East Storehouse abre al público el almacén del Victoria and Albert Museum, un espacio vivo de acceso, conservación y diálogo.

Fotografía por Sarah Gore Reeves con iPhone 16 Pro Max.

Entrar al V&A East Storehouse no se parece en nada a entrar a un museo. De hecho, lo primero que uno entiende (incluso antes de ver los objetos) es que este lugar no está fingiendo ser otra cosa. Es, literalmente, un almacén en funcionamiento del Victoria and Albert Museum, abierto al público. Un sitio donde se guarda, se clasifica, se conserva y se mueve la colección todos los días. El equipo de experiencia al visitante está ahí para recibirte, responder preguntas y guiarte, pero el ritmo del trabajo nunca se detiene.

El espacio se revela menos como un museo y más como una mente activa, en pleno proceso. Todo está a la vista, limpio, preciso, casi quirúrgico. El “detrás de cámaras” ha sido empujado al frente, y al visitante no solo se le permite mirar, sino estar dentro.

Nuestra visita estuvo guiada por Kate Parsons, que nos describe los objetos como si fueran organismos vivos. Habla de cuidado, de acceso, de confianza. Y lo que más sorprende —de forma casi desconcertante— es la limpieza. Todo está impecable. Controlado. Diseñado para durar. Esto no es una bodega olvidada ni un archivo polvoso, es infraestructura pensada con rigor para preservar, pero también para compartir.

La escala impresiona. El Storehouse ocupa varios niveles dentro del antiguo centro de transmisiones de los Juegos Olímpicos, en Here East. Alberga más de 250,000 objetos, cientos de miles de libros y archivos, además de piezas arquitectónicas monumentales que, por tamaño o fragilidad, rara vez podrían exhibirse en otro contexto. Y sin embargo, el espacio no abruma. Hay claridad en todo su diseño.

El despacho Diller Scofidio + Renfro invirtió la lógica clásica del museo. En lugar de esconder los almacenes y reservar lo visible para las exposiciones, aquí el almacenamiento es el corazón del edificio. Un gran salón central, alto, luminoso, rodeado por una retícula continua de estanterías abiertas (una especie de nube de objetos) donde visitantes y colecciones respiran el mismo aire.

Kate insiste en que esta convivencia no es simbólica. El visitante está realmente dentro de un entorno de trabajo. Se ven conservadores moviendo piezas, personal catalogando, decisiones que ocurren en tiempo real. Se presenta como un proceso en curso. A veces ordenado, a veces incierto, siempre humano.

Quizá lo más radical sea la promesa de acceso. Con tiempo y una solicitud previa, cualquier persona puede pedir ver casi cualquier objeto mediante el servicio Order an Object. No solo investigadores o curadores, sino estudiantes, artistas, diseñadores o simples curiosos. Sentarse frente a una mesa con la historia, lo suficientemente cerca como para notar costuras, desgaste, imperfecciones. Rastros de vida. Todo está cuidadosamente mediado —control climático, personal entrenado, sistemas de manejo precisos—, pero el acceso no es un gesto decorativo. Es real.

Uno de los momentos más intensos llega al entrar al área donde se resguarda el archivo de David Bowie, recientemente adquirido. Cerca de 90,000 piezas: vestuarios, bocetos, fotografías, cartas escritas a mano, fragmentos de pensamiento creativo. Verlo aquí explica por qué ya es uno de los grandes imanes del Storehouse. Tiene presencia. Carga eléctrica.

Hay algo profundamente democrático en esa lógica. Los objetos no quedan atrapados en una sola interpretación. Se relacionan entre sí de formas inesperadas. Un fragmento de techo medieval puede convivir con moda contemporánea. Un curador lo describió como “delirio”: la alegría de la cercanía improbable. La historia entendida como conversación, no como línea recta.

Sarah Gore Reeves con iPhone 16 Pro Max.

También hay una conciencia constante de uno mismo. Caminas sobre pisos de cristal. Miras hacia abajo y hacia arriba. Ves a otros observando mientras tú observas. El museo se vuelve escena compartida. Estudiantes dibujan. Diseñadores fotografían detalles. Personas discuten frente a un estante. La contemplación se vuelve social.

Algunas piezas monumentales anclan el recorrido: el Techo de Torrijos del siglo XV, fragmentos de Robin Hood Gardens, la Cocina de Frankfurt que redefinió el diseño doméstico. No están ahí como trofeos, sino como habitantes de un ecosistema más amplio. Alrededor, miles de objetos menores recuerdan una verdad incómoda: la mayor parte de las colecciones de los museos casi nunca se ve. Aquí, ese desequilibrio se enfrenta de frente.

Estas colecciones pertenecen al público, nos recuerda Kate, y abrir el almacén es un acto de rendición de cuentas. Al hacerlo, el V&A también abre preguntas: qué se guarda, por qué se guarda y quién decide. Para estudiantes y audiencias jóvenes, esto cambia las reglas. No solo consumen cultura; presencian cómo se cuida, se cuestiona y se rehace.

Al salir, no queda un objeto específico en la memoria, sino una sensación: la generosidad de la idea. Limpio, abierto, riguroso y hospitalario, el V&A East Storehouse no dicta cómo mirar. Te ofrece el espacio —y la confianza— para sentir lo que quieras sentir y preguntar lo que necesites preguntar.