
Aún recuerdo la primera vez que escuché de Yayoi Kusama. Fueron horas de fila en el Museo Tamayo esperando nuestra oportunidad para podernos tomar una foto en el eterno espejo lleno de puntos. Falos blancos llenos de lunares rojos se eregian en un cuarto lleno de espejos.
Esto era parte de Eterna Obsesión, la muestra que después de pasar por Brasil y Argentina, llegaba a México. Recuerdo que mi madrina me contaba sobre la obsesión de la artista japonesa con figuras repetitivas. Desde los diez años de edad ella empezó a tener alucinaciones con figuras geometricas que posteriormente comenzó a plasmar de manera gráfica.

No, no era la primera vez que sabía de Kusama. En el 2021 su escultura de calabaza, que había caído al mar en la costa de Naoshima después de un tifón, estaba impresa en mi mente. Mis conocidos habían pasado por ahí desde hace años atrás. Magestuosa y de puntos negros con cuerpo amarillo, la escultura enorme se había converido en un hito de la prefectura de Kagawa.
Yayoi Kusama, se convirtió en Yayoi. La artista más promitente del Japón que cuenta con obras que van de la gráfica a la moda y que abarcan de la década de los años 50 a los recientes 2010.
Venciendo a la tripofobia de espectadores, la artista se consolidó como el máximo referente del arte nipón. Yayoi no se dio por derrotada. Se internó en un hospital psiquiatrico por su marcado Transtorno Obsesivo-Compulsivo, pero aún así logró convertir su condición en su mayor talento.

Kusama coloboró con firmas como Louis Vuitto, Uniqlo, y creo su propia línea por allá de la década de los años 90.
“El universo está lleno de nada, expandiéndose y destruyéndose a sí mismo. Como un punto que cae en el agua”- Yayoi Kusama.
Una clínica de Tokyo confirmo la muerte de la artista el 14 de agosto del 2026, aunque fue comunicado hasta el 26 día del mismo mes.
“Completamente desaparezco en el universo. Busco la energia de mi vida, y la convierto en mi arte”.