
Gran parte de la historia del diseño se ha escrito a través de los objetos que produce. Libros, carteles, tipografías, identidades visuales y publicaciones han servido para documentar la evolución de una disciplina acostumbrada a pensar desde la forma. Sin embargo, detrás de cada pieza existe una red menos visible compuesta por referencias compartidas, conversaciones, procesos de investigación y comunidades de práctica que rara vez ocupan el centro de la discusión.
Zamme se sitúa en ese territorio. Fundada por Karen Mata Luna y Sonia Malpeso, la plataforma integra una librería especializada, un archivo abierto a consulta, un estudio creativo y un programa público que reúne a diseñadores, editores, tipógrafos, fotógrafos e investigadores. El interés no está únicamente en los resultados finales, sino en las condiciones que permiten que las ideas circulen, se transformen y encuentren nuevas formas de colaboración dentro de la cultura visual contemporánea.
La decisión de dedicar espacio a un archivo físico resulta particularmente significativa. Lejos de entender el archivo como una colección estática orientada a preservar el pasado, Zamme lo plantea como una herramienta activa de investigación y como un registro en construcción del presente. La misma lógica atraviesa su programación, concebida como una plataforma para compartir métodos de trabajo, preguntas y formas de pensamiento.
La conversación con sus fundadoras se mueve entre esos temas. El valor de la presencia física, la construcción de comunidad, la relación entre disciplinas creativas y la necesidad de generar infraestructuras culturales capaces de sostener intercambios que difícilmente pueden reducirse a métricas, contenido o visibilidad.



¿Por qué apostar por un espacio físico dedicado al diseño impreso y al archivo?
ZAMME nació de una incomodidad: queríamos alejarnos de las pantallas y repensar la figura del diseñador gráfico. Queríamos conocer gente, hacer conexiones reales, entender sus procesos creativos y cómo estaban pensando el diseño. Ese fue nuestro impulso original y también es la raíz de todo lo que vino después.
Siempre hemos creído que lo digital y lo físico tienen que tener la misma jerarquía. Lo digital tiene ventajas enormes: contactar gente en diferentes países, acceder a información al instante y tender puentes que de otra forma serían imposibles. Pero también hace falta la parte humana: las conversaciones, sentir el papel, hablar con la persona que está detrás de lo que ves, coleccionar cosas que te interesen y tener pláticas que no son solo de diseño, sino de lo que implica ser diseñador.
De ahí nació nuestro espacio físico en Ciudad de México: un lugar donde todo eso puede suceder bajo el mismo techo.
Muchas plataformas creativas terminan convirtiéndose en espacios de networking disfrazados de comunidad. ¿Cómo evitar que Zamme caiga en esa dinámica?
Para nosotras, la diferencia está en si estás construyendo algo alrededor de transacciones económicas o alrededor del aprendizaje.
Nuestros procesos siempre han sido abiertos y todo lo que hemos construido ha sido con amigas y amigos. La comunidad se sostiene cuando sabes que puedes contar con el otro, cuando hay una base de ideas compartidas. Ese vínculo crea algo que beneficia a todos, no solo en lo personal sino también en lo profesional.
Cuando algo no es genuino, se nota. Por eso nuestra manera de mantenernos en lo que nos importa es simple: conversaciones honestas y no jerárquicas, donde cada quien tiene algo que aportar y la curiosidad es lo que nos mantiene centradas.


¿Qué tipo de diseño sienten que está dominando hoy la conversación visual en México y qué les interesa cuestionar desde Zamme?
En México hay una escena de comunicación visual muy activa: la rotulación y la caligrafía tienen una presencia fuerte; hay comunidades sólidas de ilustradores, fotógrafos y directores de arte; y el boom de editoriales independientes ha derivado en ferias cada vez más interesantes a nivel nacional.
Nuestro lugar no es cuestionar nada de eso, sino resaltarlo y abrirlo hacia la conversación con otros países. Los puentes de conocimiento enriquecen la práctica de todos y eso es lo que nos interesa construir.
Abrir un archivo también implica decidir qué merece preservarse. ¿Qué referencias, publicaciones o lenguajes sienten que han quedado fuera de la historia oficial del diseño?
El archivo está en una etapa inicial: estamos recopilando trabajo de diseñadores contemporáneos y la colección crece desde dos lugares. Uno es el trabajo de amigos y estudiantes que hemos conocido a través de ZAMME. El otro son nuestras propias bibliotecas: libros que nos han formado y referencias a las que volvemos constantemente en el estudio.
La idea de integrarlo a nuestro espacio es sencilla: visibilizar el trabajo de otras personas sin ningún interés transaccional y que sea una herramienta de aprendizaje para estudiantes y diseñadores en activo.
Cada archivo responde a una necesidad de quien lo hace. Para nosotras, ahora mismo, esa necesidad es seguir recopilando el trabajo de diseñadores mexicanos y de personas que viven en México y están formando el panorama del diseño actual. El pasado hay que preservarlo, pero si entendemos el archivo como un organismo vivo, algo que alimentamos desde ahora, en el futuro tendremos un registro más claro del espíritu de este momento, especialmente en una época tan cambiante.


Su programa mezcla diseño gráfico, tipografía, edición, fotografía y medios digitales. ¿Creen que las disciplinas creativas siguen existiendo de forma separada o hoy operan desde un territorio mucho más híbrido?
En la práctica, ni nosotras ni la mayoría de las personas creativas que conocemos operamos dentro de una sola disciplina. El trabajo más interesante que hemos visto a través de ZAMME viene de gente que se mueve entre cosas: una diseñadora que publica, una fotógrafa que hace trabajo editorial, una tipógrafa que enseña. Las etiquetas disciplinares son útiles para describir el trabajo, para contextos profesionales y para que los clientes entiendan lo que hacemos. Pero no describen cómo la gente realmente trabaja.
Eso tiene dos caras. Moverse entre disciplinas abre posibilidades; pero también se ha vuelto una expectativa y, cuando se espera que las personas creativas asuman demasiadas responsabilidades a la vez, eso puede precarizar la labor. Hay que ser críticos con la manera en que queremos empujar esos límites.
¿Qué les interesa que ocurra dentro de Zamme que no necesariamente pueda traducirse en contenido, imágenes o redes sociales?
Queremos que ZAMME sea un lugar al que la gente llegue con curiosidad: porque quiere entender algo mejor, hacer algo junto a otros, conocer gente y expandir su curiosidad. Cosas que no siempre se pueden documentar ni monetizar y que, por eso mismo, importan.