
He visto a personas esconder el amor en sus huesos.
No para olvidarse de él, sino para sentirlo aunque nadie más lo vea.
Un amor que ha sido callado, estigmatizado y recortado por la mirada ajena.
Un amor que a veces se siente roto, no porque lo esté, sino porque lo han hecho sentir así.
Es irónico: ¿cómo algo tan profundo, tan humano como el amor puede transformarse en culpa? ¿En miedo?

Esa pregunta me recorre el cuerpo cada vez que alguien se quita el corazón para dejar de sentir. Cada vez que alguien se engrapa los labios para que su voz nunca salga.
No tengo respuesta. Solo esta sensación de impotencia que me encoge las manos al ver cómo las personas que más quiero lo viven en carne propia.
La comunidad LGBTQ+ ha vivido durante décadas entre la lucha y la invisibilidad. Aunque ha habido avances importantes en derechos civiles y representación, muchas personas de la comunidad siguen enfrentando discriminación, violencia y exclusión, tanto en espacios públicos como dentro de sus propias familias.
Y es ahí, en lo más íntimo, donde el dolor suele clavarse más hondo. He visto a amigos deshacerse por preguntar lo que no tiene respuesta: ¿Por qué me quieres muerto? ¿Por qué me escondes? ¿Por qué me lastimas así? ¿Por qué no me hablas, mamá?
A veces, estar cerca del dolor es suficiente para no poder ignorarlo. No es mi intención apropiarme de una experiencia que no me corresponde, pero hay una parte de mí sacudida por esta realidad.
Es la parte que abre los ojos ante el privilegio que vive y la que sabe que al mismo tiempo hay quien camina con el filo del rechazo en la garganta. No vivo con ese dolor, ni con miedo a expresarme. No tengo que salir a la calle sabiendo que el día puede acabar en una confrontación. No tengo que aguantar miradas que gritan asco y repulsión. En cambio, he gozado de la suerte de amar en voz alta.


Es por eso que el arte queer, que no es solo arte hecho por personas LGBTQ+, se ha vuelto una forma de crear que desafía las normas tradicionales de género, sexualidad y belleza. Ha sido una manera de contar historias sin encajar. Es explorar identidades sin censura y sin prejuicio. Es habitar el cuerpo desde la rebeldía para ser libertad y valentía. Es cuestionar la norma y desafiar. Es mostrar que la expresión artística se vuelve una forma de resistencia, y que aún representando todo esto, aquellos que luchan también merecen habitar los mismos espacios.
Y eso suele incomodar…
Grayson Perry, artista inglés, es conocido por abordar temas de género, identidad y normas sociales, provocando y generando conversaciones con sus obras de cerámica. De la misma forma, Nan Goldin, una fotógrafa estadounidense, se ha encargado de documentar comunidades queer, mostrando el deseo, la intimidad y la vulnerabilidad sin filtros, aunque sin ridiculizar para causar impacto. Su necesidad de compartir surgió del amor y admiración que le tenía a quienes retrataba.
Esta nota surge a partir de lo mismo: el amor que le tengo a mis amigos. Pero también por esa absurda ilusión de que algún día el amor ya no tenga que esconderse en los huesos de nadie.