Backrooms no mató la era de la propiedad intelectual, la corrigió

El éxito de Backrooms revela una lección incómoda para Hollywood: el futuro del cine comercial quizá no está en abandonar la IP, sino en entender qué historias realmente le importan a las audiencias.

Backrooms

En el primer episodio de The Studio, la sátira de Apple TV+ protagonizada por Seth Rogen sobre el Hollywood contemporáneo, Matt Remick, el recién nombrado director del estudio ficticio Continental Studios, se encuentra alrededor de un proyecto que —a pesar de ser usado como un gag— suena completamente posible: una película de Kool-Aid. Hollywood, en este momento, parece menos interesado en historias que en reconocimiento de marca.

Cualquier objeto, personaje o marca, en la junta correcta, puede empezar a parecer una película. La lógica parece perseguir la esperanza de que si la audiencia reconoce el nombre, quizá compre un boleto. Pero reconocimiento no es lo mismo que deseo.

El bajo desempeño reciente de Masters of the Universe lo dejó claro. Era una película construida sobre una propiedad existente, respaldada por la nostalgia y el gasto de un gran estudio, pero incapaz de convertir ese reconocimiento en el evento cinematográfico que su presupuesto exigía. Pero el problema no es que estuviera basada en material preexistente,  Backrooms lo acaba de demostrar.

Dirigida por Kane Parsons, quien tenía 20 años cuando su debut en largometraje llegó al primer lugar de la taquilla norteamericana, Backrooms hizo algo que Hollywood dice querer pero rara vez entiende cómo fabricar: convirtió el reconocimiento online en verdadera urgencia teatral. Con más de 81 millones de dólares en taquilla doméstica y aproximadamente 118 millones a nivel mundial al momento, frente a un presupuesto reportado de 10 millones, la película se volvió un evento comercial porque entendió la cultura de la que venía.

Kane Parsons

Está basada en una idea preexistente. Viene del creepypasta, del terror de espacios liminales, de un lenguaje visual de YouTube que las audiencias menores de 30 años han entendido durante años. Parsons comenzó a subir sus videos de Backrooms a YouTube en 2022, expandiendo un mito de internet hacia una gramática inquietante de cuartos fluorescentes, alfombras, aire muerto y espacios que se sienten abandonados y habitados por algo imposible de nombrar.

Por eso Backrooms debería inquietar a Hollywood más que cualquier fracaso de taquilla. Demuestra que las audiencias jóvenes no son alérgicas a la adaptación. Son alérgicas a que se les hable con condescendencia. No están rechazando la propiedad intelectual; están rechazando la propiedad intelectual reducida a empaque. Van a presentarse por algo nacido en otro lugar si la película conserva la carga que hizo que ese objeto importara desde el principio.

El éxito de Parsons no es un accidente de casting, aunque el elenco es excelente. Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve le dan a la película peso profesional y acceso emocional. Pero el evento le pertenece, de manera evidente, a Parsons. Lo que el público respondió no fue simplemente la presencia de actores respetados en una película de terror. Fue la sensación de que la persona detrás de la cámara entendía el terror del material original desde adentro.

Esa es la diferencia clave entre extracción y traducción. Hollywood se ha vuelto muy bueno extrayendo valor de propiedades existentes. Es mucho menos confiable al traducirlas. La extracción pregunta: ¿qué nombre conoce la gente? La traducción pregunta: ¿por qué le importó a la gente en primer lugar?

El terror ha sido, desde hace tiempo, el género donde nuevos directores pueden entrar a la industria sin esperar permiso del prestigio. La carrera de David F. Sandberg sigue siendo un antecedente instructivo. Una década antes de Parsons, Sandberg y Lotta Losten hicieron Lights Out, un corto sin presupuesto para un concurso. Se volvió viral en YouTube y Vimeo, atrajo la atención de James Wan y terminó convertido en un largometraje producido por Atomic Monster. Sandberg después se movió dentro del sistema de estudios, dirigiendo dos películas de Shazam! y, más recientemente, una adaptación del videojuego de PlayStation Until Dawn.

El patrón no es idéntico, pero revela que el terror es particularmente bueno para convertir la restricción en autoría. Un rectángulo de oscuridad al final de un cuarto puede ser suficiente. El terror online, en especial, ha entrenado a jóvenes cineastas para construir atmósferas antes de tener las infraestructuras de los grandes estudios. Premia el timing, el sonido, el espacio negativo y la sugerencia. 

Lo nuevo es la escala del salto. El corto viral de Sandberg se convirtió en una carta de presentación para el estudio. El universo de YouTube de Parsons se convirtió en un fenómeno de taquilla. Esto sugiere que YouTube ya no es solo una plataforma de descubrimiento. En ciertos casos, es un laboratorio de desarrollo, una escuela de cine, una audiencia de prueba y un archivo de nuevas mitologías.

La industria, sin embargo, debería tener cuidado de no aprender la lección equivocada. La respuesta no es comprar cada video viral, cada leyenda de Reddit, cada serie de terror analógico y pasarlas por la misma maquinaria que convierte juguetes en decepciones costosas. La lección de Backrooms no es que la propiedad intelectual de internet sea la próxima fiebre del oro. Esa sería la lectura más hollywoodense posible y, por lo mismo, la menos útil.

La lección es que las audiencias pueden reconocer cuándo una película nace de la cercanía y no del oportunismo. Parsons no se acercó a Backrooms como un gerente de marca. Se acercó como alguien que ya había pasado años construyendo su atmósfera, sus reglas y su miedo. El éxito de la película es inseparable de esa autoría.

Hay una razón por la que Backrooms se siente más viva que muchos productos de estudio construidos a partir de propiedades más grandes y antiguas. No le pide al público admirar el hecho de que existe. Le pide entrar a un espacio. Confía más en la atmósfera que en la explicación. Permite que la arquitectura se convierta en monstruo. Entiende que lo más aterrador de la vida contemporánea quizá no sea un demonio o un asesino enmascarado, sino un lugar diseñado para tener una función que ha perdido todo propósito humano.

Por eso su éxito también se siente generacional. Para muchos espectadores jóvenes, los backrooms no son algo oscuro. Forman parte de un subconsciente compartido de internet: el centro comercial vacío, el pasillo de oficina, el cuarto amarillento, la sala de espera, el interior interminable sin centro. Son las pesadillas de una generación criada entre pantallas, sistemas y espacios que parecen copiados unos de otros. Parsons no necesitaba introducir ese lenguaje. Solo necesitaba volverlo cinematográfico.

Hollywood ha pasado años intentando asegurar el futuro regresando al pasado. Ha perseguido la nostalgia como si el reconocimiento fuera sustituto de la emoción. Pero Backrooms señala la posibilidad de que el futuro del cine comercial quizá no venga de abandonar la propiedad intelectual, sino de ampliar lo que la industria considera digno de adaptación.

Un mito de internet, en manos de alguien que entiende por qué se propagó, puede convertirse en cine. El problema nunca fue que las audiencias dejaran de querer lo familiar. El problema es que seguimos confundiendo lo familiar con lo significativo.