
A lo largo de la ciudad, cafés y restaurantes reinventan la tradición con sus propios gestos de memoria. En Santa María la Ribera, KIES Café envuelve sus galletas estilo neoyorquino en un ambiente otoñal; “spooky-delicioso”, como ellos lo llaman. Después de un paseo por el Kiosco Morisco, el lugar se vuelve irresistible: el clásico pan de muerto coronado con una mini cookie, la versión oscura elaborada con cocoa negra y el indulgente Sandwich de Muerto relleno de helado; placer culposo convertido en arte. Para acompañar, la temporada también se celebra en forma líquida: lattes de pumpkin spice, horchata de calabaza y cocteles como el Mandarina Spritz con mezcal y vino espumoso.
En la Condesa, Tōboe Café —un templo del café de especialidad proveniente de Chiapas— une fuerzas con Mignon Patisserie, ganadores del premio al “Mejor Pan de Muerto” en Mexipan 2022. Su cata del 30 de octubre es una experiencia inmersiva: guiada por el barista y consultor Christopher Carrasco, los asistentes exploran distintos métodos de extracción mientras maridan tres versiones de pan de muerto: la tradicional con ralladura de naranja y azahar libanés, la clásica de Mignon con lavanda y ganache de vainilla, y una audaz versión con ajonjolí y ganache de calabaza. Es un diálogo de dos horas entre sabor y ritual, cafeína y memoria.



En la Narvarte, el ambiente es otro. Rudo da un giro a la tradición con postres que mezclan diversión y precisión. La Pop Tart de Pan de Muerto, frita y rellena de compota de naranja y coronada con helado, se convierte en un guiño travieso a la nostalgia; el Pan Francés de Calabaza, bañado en calabaza en tacha y crema de queso, sabe a otoño renacido en un plato. El chef Gabriel Murguía lo llama “cocina libre”; una rebelión alegre servida caliente.


Un recuerdo dulce, renacido en la llama
Y mientras las celebraciones llegan al 2 de noviembre, Tōboe Café recibe a Xolo, la panadería de culto proveniente de Texcoco, para su último pop-up del año. La última oportunidad para probar su legendario pan de muerto negro, cubierto con ceniza de totomoxtle tatemado y relleno de camote morado. Para quienes prefieren el ritual sin filas, un kit de preventa limitado incluye dos panes y café ready-to-drink de Tōboe. Un festín que se saborea en silencio, sin prisa, como la memoria misma.


En cada bocado, en cada taza, en cada destello de luz de cempasúchil, México celebra no la muerte, sino el regreso. Un recordatorio de dulzura que, como el recuerdo, siempre encuentra el camino de vuelta a casa.