
A finales de agosto y principios de septiembre, Andrea Sotelo presentó en Espacio Báltico Y en espiral cayeron del cielo, una serie de esculturas y piezas resultado de una investigación iconográfica que la ha marcado íntimamente y profesionalmente: la carga simbólica y la relación de la serpiente con la feminidad.
Desde Coyolxauhqui hasta Tiamat en Mesopotamia o Mami Wata en África, Andrea regresa al mito, al origen, a la idea del pasado, retomando y trazando cada valor para dialogar con nuestro presente desde una perspectiva conceptual. En cada detalle, su trabajo está atravesado por lo femeninio, lo no dicho, la ciclicidad, el secreto, la luz y la sombra, que a lo largo del tiempo han abierto una posibilidad inmensa de nombrar a la feminidad de maneras expansivas y complejas.


¿Por qué regresar al pasado y trabajar desde ahí?
Leyendo mitos griegos, japoneses y chinos me parece impresionante cómo, en realidad, las cosas no han cambiado tanto. La psicología social y cultural es muy similar a nuestro presente. Por ejemplo, la idea de tener una relación abierta no es tan moderna como pensamos: era muy común con los griegos. A pesar de los siglos, no hemos cambiado tanto como sociedad. La tecnología ha modificado la estructura, el orden y las relaciones humanas, pero siempre me gusta regresar al pasado y visitarlo, porque ahí encuentro algo muy parecido al presente.
Trabajas y experimentas con materiales como barro, concreto, resina y madera. ¿Cómo seleccionas con qué vas a trabajar?
El barro, por ejemplo, representa la naturaleza y el origen. Mi trabajo también es muy geométrico y suele asociarse con lo masculino: cada estructura, línea o trazo. Para mí, la madre tierra habla en un lenguaje geométrico. En mi proceso también hay mucha improvisación, pero eso no significa que la geometría le reste fuerza. Uso cada material pensando en su duración; quiero que cada pieza perdure en el tiempo. Para mí, cada material debe plasmar la potencia de lo que es la feminidad. Quiero hacer amuletos que trasciendan.

¿Cómo reinterpretas en tu trabajo los mitos heredados desde una perspectiva contemporánea?
Y en espiral cayeron del cielo es una exposición que habla del regreso al mito: retoma valores del pasado y los trae al presente desde un lugar conceptual.
Por ejemplo, una de las piezas fue hecha con una llanta. Esta obra marca el inicio de una nueva serie realizada con materiales cotidianos para reinterpretar piezas del Museo de Antropología: referencias y materiales de mi presente.
En tu investigación sobre la feminidad y su relación iconográfica con la serpiente, ¿qué coincidencias culturales has encontrado?
Por ejemplo, la Virgen y la Coatlicue tienen características similares: ambas dan a luz a un dios, guía o mesías a través de una pluma o del Espíritu Santo. Es curioso cómo la Virgen está asociada con pureza y luz, mientras que la Coatlicue, con su falda de serpientes, se vincula con fuerza, poder y potencia. Cada figura habla de su cultura, pero a nivel visual casi todas las deidades femeninas han estado acompañadas por la serpiente: en África con Mami Wata, en China con Nuwa, en Mesopotamia con Tiamat.
En mis piezas, por ejemplo, aparece Coyolxauhqui. Me parece significativo que en un país tan violento contra la mujer, desde hace siglos este símbolo se represente como una mujer fragmentada.



¿Cómo tu trabajo desafía esta moralidad relacionada con el mito en un sentido artístico y personal?
Todo se fue dando a la par. Un amigo me regaló un libro que fue un detonante en mi investigación sobre iconografía femenina: El sexo invisible.
Me enfoqué en la asociación de la serpiente con la identidad femenina y, en paralelo, formaba parte de un círculo de mujeres, un curso sobre feminidad y emociones duales. El libro profundiza en cómo la figura de la serpiente se relaciona con la narrativa judeocristiana: cuando entrega el fruto a Eva, se parte en dos y queda la sombra y la luz, pero solo se conserva la parte luminosa. ¿Qué pasa con la sombra, con la parte “malévola”? Comencé a ahondar en esa idea y retomé la imagen de la serpiente como algo cíclico, desafiante, poderoso. También hay que hacerse amiga de esa parte tuya.
Como los mitos se repiten culturalmente, ¿con qué figura femenina te identificabas en tu niñez? ¿Cómo fue tu acercamiento a lo creativo en tu infancia?
Sin duda, Sailor Moon, una figura con la que crecí y que coincide con muchas narrativas en torno al poder y la feminidad. Siempre llegas a la figura del dragón. Mis dos padres son diseñadores: mi mamá, textil; mi papá, industrial y profesor de geometría descriptiva. Mi trabajo está muy influenciado por él: líneas simétricas, estructuras. De niña siempre dibujaba. Estudié diseño y descubrí que me gustaba la animación, la joyería y, poco a poco, comencé a interesarme en proyectos artísticos. La libertad creativa me resultó un camino abierto, moldeable y lleno de expresión.