Gramo: herencia, oficio y una mirada hacia el futuro

Desde una óptica íntima y artesanal, Gramo reimagina el lujo a través de lentes que no siguen modas, sino que construyen legado. Una firma mexicana que mira al futuro sin perder de vista sus raíces.

Fotografía cortesía

Fundada en 2017 por los hermanos Javier y Diego Graue, Gramo no es una marca de lentes, sino una hipótesis sobre el tiempo y la forma. Nacida del entrecruce entre un legado médico –cuatro generaciones dedicadas a la salud visual– y una sensibilidad estética forjada entre archivos modernistas, libros de arte y diseño de autor, la marca propone una visión donde el lente deja de ser accesorio para convertirse en símbolo. Símbolo de estilo, de herencia, de mirada.

Primera firma mexicana de lujo especializada en ópticos y solares manufacturados en Japón, Gramo encarna un equilibrio inusual: la precisión casi quirúrgica de la manufactura artesanal y la carga emocional de los objetos que nos acompañan durante años. Cada modelo es fruto de un proceso meticuloso, paciente, casi litúrgico. No busca responder a la velocidad de la moda, sino ofrecer permanencia: piezas concebidas para ser usadas, amadas y, eventualmente, heredadas.

Inspirada por el México modernista –ese punto de inflexión donde el país imaginó su futuro desde la arquitectura, el arte y el diseño–, Gramo traza una geografía emocional cuyos nombres evocan tanto la ciudad como sus mitologías: Portales, Cuitláhuac, Diana. Modelos que no sólo enmarcan el rostro, sino que inscriben memoria.

Con flagships en la Juárez y en Masaryk, y una expansión pensada con más cuidado que prisa, Gramo insiste en una idea poderosa: que el verdadero lujo no es lo nuevo, sino lo que perdura. Aquello que, al resistir el paso del tiempo, termina por contarlo.

Javier y Diego Graue

Gramo nace del deseo de reinterpretar un legado familiar centenario desde una nueva sensibilidad. ¿En qué momento sintieron que era necesario darle un nuevo cauce a esa historia y cómo tradujeron ese pasado en un lenguaje propio?

Gramo germinó en nosotros como una forma de reinterpretar un legado familiar, pero también de ampliarlo. Durante más de cien años, nuestra familia se ha dedicado a la salud visual desde la práctica médica. Pero fue nuestra madre quien tuvo la iniciativa de complementar el trabajo de nuestro padre con una pequeña óptica: un discreto estante de lentes dentro del consultorio. Años más tarde, retomamos esa intuición suya —esa idea de que lo visual también podía atenderse desde lo estético— y echamos a andar nuestro propio proyecto. 

Con una afición marcada por la cultura, la historia y el arte, empezamos a buscar colecciones independientes en los rincones más inesperados del mundo, lo que nos llevó a abrir nuestra primera óptica, Escópica, en la colonia Roma. Ahí, en contacto directo con nuestros clientes —coleccionistas sofisticados, apasionados por el diseño— entendimos tanto lo que buscaban como lo que hacía falta: una marca mexicana con la misma calidad y visión que las grandes casas internacionales. Así nació Gramo, cuyo nombre proviene de nuestro apellido paterno y materno —GRAUE MORENO— como símbolo de esa fusión entre la tradición médica y la sensibilidad estética que le dio origen.

Ustedes han dicho que los lentes no son sólo objetos funcionales, sino símbolos de identidad, estilo y herencia. ¿Qué implicaciones tiene diseñar un objeto destinado no sólo a usarse, sino a heredarse? 

Diseñar un objeto que aspire a heredarse es, para nosotros, una declaración de principios. En un mundo donde la obsolescencia está programada desde el modelo de negocio, crear algo hecho para durar es un acto de rebeldía. Que alguien, en el futuro, desee seguir usándolo, darle continuidad, es lo que realmente le otorga valor: lo trasciende, lo proyecta en un plano simbólico. Y es precisamente a ese registro al que aspiramos entrar.

¿Tienen alguna historia particular dentro de su familia que recuerden particularmente y haya impacto en la creación de Gramo?

Más que una anécdota puntual, lo que persiste es un recuerdo. Ya entrado en años, el abuelo Enrique usaba unos lentes cuadrados, cafés, grandes, casi genéricos. Lo veíamos religiosamente cada domingo en la comida familiar, siempre con esos mismos armazones, absolutamente dependiente de ellos: para curar el ala de una de sus palomas mensajeras, construir un nido para los huevos de sus faisanes o cortar tortillas para alimentar a sus pavorreales. Los lentes estaban remendados por sus propias manos, con una especie de curación improvisada, como con una gasa adherible. Nada sofisticado, casi cómico, pero profundamente revelador del oficio y del vínculo con el objeto. Los llevó así durante años. No por desidia, sino por decisión. “Ni me los muevan, ni me los cambien”, decía. Y ahí entendimos todo: a eso teníamos que llegar.

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La manufactura artesanal japonesa es parte esencial del ADN de Gramo. ¿Cómo fue el proceso de conectar su visión con talleres donde el oficio se transmite de generación en generación? ¿Qué aprendieron de esa cultura de precisión?

Conectar nuestra visión con talleres japoneses fue un proceso tan complejo como natural. Complejo por la barrera del idioma y por el celo con el que se protege un saber hacer que se ha transmitido de generación en generación. Pero también fue inevitable: desde que concebimos Gramo, sabíamos que queríamos trabajar con los mejores, y hoy por hoy, eso solo se consigue en Japón.

Todas las marcas de lujo más importantes del mundo aspiran a producir ahí, pero no todas están dispuestas a asumir lo que implica: los costos, sí, pero sobre todo los tiempos. Porque fabricar un armazón japonés es un proceso artesanal minucioso, que no puede apresurarse. Para nosotros, esa espera vale absolutamente la pena. Después de años de trabajo, hoy tenemos un vínculo muy especial con nuestros socios en Fukui. Lo que más admiramos no es solo su precisión, sino la profundidad del oficio: comunidades enteras que han dedicado su vida a este arte. Y eso, de alguna manera, también resonó con nuestra historia familiar: más de cien años dedicados a la salud visual. Gramo es una marca legado, y encontrar una manufactura que también lo fuera, selló esa conexión.

A diferencia de muchas marcas que responden a la velocidad de las tendencias, Gramo apuesta por la permanencia. ¿Qué significa diseñar con la intención de resistir al tiempo, tanto en forma como en fondo?

Diseñar con la intención de resistir al tiempo significa, para nosotros, trabajar con absoluta libertad y convicción. Cada modelo que llega a producción ha pasado por un proceso riguroso y personal: del dibujo al prototipo, solo avanzan las piezas en las que realmente creemos, con las que conectamos. Entendemos que un legado no se construye de la noche a la mañana, y si queremos que Gramo resista el paso del tiempo, no podemos dejarnos arrastrar por el frenesí de las tendencias.

La Ciudad de México y su época modernista son una influencia directa en el universo estético de la marca. ¿Qué elementos de esa transformación urbana y cultural se reflejan en sus modelos?

Nos fascina el México modernista: tan rico, tan bronco, tan global y echado pa’delante. Ese periodo —el llamado milagro mexicano— representó un momento en el que el país no solo consumía cultura, diseño e industria, sino que los generaba con una voz propia, con arrojo e inteligencia. Ese espíritu de sofisticación sobria, de hacer más con menos pero con excelencia, nos inspira profundamente.

En Gramo buscamos reflejar algo de esa modernidad en la atención al detalle, el uso de materiales de altísima calidad, formas audaces pero naturales, y una paleta contenida, con acentos de avanzada. Nos interesa esa mezcla entre funcionalidad y estilo, entre el orgullo por lo propio y la apertura a lo global.

Creemos que ese legado todavía resuena hoy, y queremos ser parte de su renovación: diseñar desde

México con la convicción de que lo bien hecho aquí puede dialogar con lo mejor del mundo.

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Los nombres de sus piezas –inspirados en calles y monumentos– trazan una cartografía afectiva. ¿Cómo el espacio urbano se convierte en memoria material dentro del diseño de Gramo?

Nombrar nuestras piezas nos llevó a este juego cartográfico de trazar la memoria de la ciudad. Elegimos calles, colonias y monumentos que resuenan con el espíritu de Gramo, espacios que han sido testigos de lo que esta ciudad es, fue o soñó ser. Nombres como Portales, Peralvillo, Cuitláhuac, Roma, Chimali o la Diana Cazadora no son solo referencias urbanas: son fragmentos de historia, de identidad compartida, de una materialidad que trasciende el tiempo.

Creemos que los lentes, al igual que esos espacios, son testigos del tiempo. Acompañan miradas, decisiones, momentos. Al nombrarlos así, no solo celebramos el lugar que nos dio origen, sino también la cualidad más íntima del objeto: ser testigos y compañeros de nuestra vida.

Antes de Gramo, fundaron ESCÓPICA, una óptica pionera en traer a México firmas independientes. ¿Qué aprendizajes clave de esa etapa les permitieron construir una firma de lujo con identidad propia?

Escópica fue, sin duda, una especie de caja de Petri para lo que hoy es Gramo. Durante años estuvimos ahí cada fin de semana, probando lentes, escuchando a los clientes, entendiendo de primera mano qué hacía a un armazón realmente especial. Aprendimos sobre materiales, formas, puentes, proporciones, pero también sobre gustos, rostros y estilos de vida. Y al mismo tiempo, tuvimos el privilegio de trabajar con las mejores marcas independientes del mundo, lo que nos permitió absorber lo más valioso de la industria. 

Todo eso fue creando un espacio —material y espiritual— para proponer nuestra propia visión: una marca con identidad propia, hecha en México, con estándares internacionales y alma local.

Con dos flagships en la Ciudad de México y planes de expansión, ¿cómo imaginan el futuro de Gramo? ¿Qué lugares, públicos o colaboraciones quisieran conquistar sin comprometer su filosofía?

Desde el inicio, nuestro crecimiento ha sido orgánico, recomendado de boca en boca (o de ojo en ojo), guiado más por convicción que por estrategia. Hoy, con dos flagships en la Ciudad de México y algo de camino recorrido, queremos llevar nuestra propuesta a nuevas audiencias y explorar otras geografías. Se avecinan colaboraciones emocionantes con figuras históricas clave de la Ciudad de México.

Sabemos que la calidad que buscamos impone límites —no es un modelo de expansión rápida ni de escalamiento agresivo—, pero ahí reside también nuestra fuerza. Queremos construir algo que perdure, que crezca con su comunidad y evolucione, sumando una voz propia al legado de nuestra familia y de esta ciudad que nos vio nacer. Siempre guiados por el principio que nos dio origen: hacer una marca de lentes mexicana que compita con las mejores del mundo, y que al mismo tiempo contribuya al mito, al ícono y al legado de quien los porta.