Jérôme Sans: el curador que sacude los árboles

Jérôme Sans ha sido, a lo largo de su vida y su trabajo, una figura pionera en el desarrollo de nuevos modelos para relacionarse con el arte contemporáneo, la cultura y las formas en que estas se conectan y resuenan entre contextos locales, regionales y globales.

Total look: SAINT LAURENT.

Es conocido sobre todo como cofundador del Palais de Tokyo, el emblemático centro de arte contemporáneo de París que concibió y puso en marcha junto a Nicolas Bourriaud. Una institución que rompió con el modelo del museo-templo para sustituirlo por algo crudo, abierto, inacabado, comprometido y vivo. Al establecer un innovador modelo público-privado, sostenible y transformador, el Palais de Tokyo se convirtió en un punto de referencia para centros de arte contemporáneo en todo el mundo. Pero detenerse ahí sería perder el punto esencial. Sans es un constructor de condiciones, un instigador cultural que aparece justo en el momento en que algo aún no existe —y ayuda a darle forma.

De París a Pekín, de Estambul a la Ciudad de México, de Riad a Denver, ha moldeado centros de arte, exposiciones, bienales, festivales e instituciones como si fueran organismos vivos. Dirigió el Ullens Center for Contemporary Art en Pekín durante sus años fundacionales; participó recientemente en la creación de LagoAlgo en el Bosque de Chapultepec; curó ediciones clave de la Bienal de Taipéi y la Bienal de Lyon; y en Estambul orquestó Naked City de Doug Aitken en Borusan Contemporary. En Denver presentó RUSH de Gary Simmons en la Cookie Factory, y más recientemente, una exposición de Erwin Wurm en el Museo Ludwig.

Paralela a su práctica expositiva corre otra línea igual de decisiva: los libros y las entrevistas. Sans es un escritor y conversador compulsivo, y la edición ha sido durante mucho tiempo una de sus herramientas curatoriales más precisas. Lo que articula todo esto no es la productividad, ni la ambición, ni siquiera la influencia. Es una convicción —casi obstinada— de que el arte no está separado de la vida.

Total look: SAINT LAURENT.

Siempre estás en movimiento: nuevas ciudades, nuevas instituciones, nuevos libros. ¿Qué impulsa este desplazamiento constante?

Vivir y estar plenamente vivo a través de la cultura de nuestro tiempo y de lo inesperado. Dejarme llevar por el río de la vida sin planes, siempre abierto a aventuras culturales imprevisibles, a nuevos lugares donde construir en países o ciudades emergentes, y a colaborar, co-construir con personas nuevas.

A menudo se te describe como curador, pero el término parece insuficiente. ¿Cómo defines lo que haces?

Entiendo por qué se utiliza la palabra curador, pero ya no describe plenamente su verdadero significado, sobre todo en relación con mi manera de trabajar. Hoy es un término vaciado de sentido, “galvaudé”. Se usa para todo y para todos: cualquiera que selecciona ideas, obras o materiales es llamado curador. Todo está curado.

Por eso prefiero hablar de “director artístico”. Es un término también común, pero traduce mejor la idea de transformar conceptos en visualizaciones claras y acompañarlas desde la idea hasta la ejecución. Además, incluye el hecho de que mi práctica atraviesa múltiples campos: crear nuevas formas de mostrar el arte, desde el arte contemporáneo hasta la arquitectura, el diseño, la moda, la música o las marcas; construir nuevos modelos de instituciones culturales; inventar formatos expositivos en museos o en el espacio público; crear revistas; dar voz a artistas y creadores a través de entrevistas.

El Palais de Tokyo transformó la idea de lo que una institución podía ser. ¿Eras consciente de lo radical de ese gesto?

Sí. La idea era repensar radicalmente el modelo institucional tradicional, muy criticado, nacido en los años cincuenta y replicado globalmente, y llevarlo a la manera en que la gente vivía a principios de los dos mil. Durante una década, Nicolas Bourriaud y yo soñamos con una institución distinta, capaz de respirar la dinámica del presente, sus contradicciones, y de reposicionar a París en el mapa cultural global.

Estábamos cansados de escuchar que todo ocurría en Berlín, Nueva York o Londres, cuando sentíamos que en Francia estaban todos los artistas y las energías necesarias. Todo dependía de cambiar una mentalidad crítica que podía destruirlo todo. Nicolas y yo no éramos amigos ni habíamos trabajado juntos antes, pero decidimos unir fuerzas. Funcionábamos como opuestos, como un yin y yang, y eso fue parte del éxito del binomio.

Queríamos una plataforma abierta a múltiples voces, no centrada en una sola filosofía o dogma. Un lugar para vivir, no otro cubo blanco. Un espacio de recursos, de conflicto, con posicionamientos culturales, sociales y políticos claros. Cuestionamos reglas básicas: horarios de apertura (abrir de mediodía a medianoche), formas de gestión, comunicación digital en lugar de invitaciones impresas, mediadores jóvenes en lugar de vigilantes dormidos.

Programábamos como un diario: performances, conciertos, charlas, lanzamientos de libros, revistas, discos o películas. Queríamos reducir la distancia intimidante entre la institución y el público. No había VIPs: todos lo eran.

Total look: SAINT LAURENT.

Vuelves una y otra vez a momentos de “génesis”. ¿Por qué los comienzos?

Los comienzos tienen una intensidad particular: son inestables, contradictorios, incompletos. Ahí es donde me siento más atraído. Son momentos en los que nada está completamente nombrado y donde existe espacio real para el riesgo, la invención y nuevas aventuras culturales.

México ocupa un lugar especial en tu trayectoria. ¿Qué te ofrece como contexto curatorial?

México es hoy una de las escenas más vibrantes y tiene todas las claves para convertirse en un actor central del arte internacional. Lo que me impresiona es la manera en que las prácticas contemporáneas están profundamente arraigadas en realidades sociales, políticas y culturales, sin renunciar a una ambición formal y una legibilidad global. Es un terreno fértil para el diálogo entre lo local y lo global.

Has construido una obra editorial importante. ¿Por qué la publicación?

Las exposiciones y los libros son complementarios. Las exposiciones son mentales, físicas y efímeras; los libros ofrecen duración y precisión. Los concibo como proyectos autónomos: otra forma de construir pensamiento, preservar complejidad y alcanzar públicos que una exposición nunca alcanzaría.

Trabajas mucho desde la entrevista. ¿Por qué la conversación como método?

Mi primera entrevista fue a los veinte años, con el surrealista André Masson. Desde entonces entendí que quería compartir ese privilegio. La entrevista devuelve la voz al artista, lo sitúa de nuevo en el centro de la sociedad. Por eso, durante más de veinticinco años, mi escritura ha orbitado alrededor del diálogo.

¿Sigue siendo válida la frase “el arte es vida y la vida es arte”?

Hoy lo creo más que nunca. No como consigna, sino como necesidad. Como dijo Robert Filliou: El arte es lo que hace que la vida sea más interesante que el arte. Vivir plenamente ya es un acto artístico.

¿Qué te impulsa a seguir?

La emoción de vivir intensamente el ahora.