Entre cuerpos posibles y miradas necesarias: Nova Coronel en “Un mundo para mí”

Desde el cine y las redes, Nova Coronel desafía los límites del género y la representación, encarnando una voz necesaria en tiempos donde la disidencia sigue siendo un acto de resistencia.

Nova Coronel
Total look: FERRAGAMO.

¿Qué ocurre cuando el cine se atreve a nombrar lo innombrable? Un mundo para mí es la ópera prima de Alejandro Zuno. Es una de esas películas que no temen habitar el silencio, rasgarlo y revelar las preguntas incómodas que la sociedad prefiere postergar. En el centro está Nova Coronel, actriz mexicana que interpreta a Alex, una identidad intersexual en búsqueda de sentido y agencia. La historia se desarrolla lejos de los reflectores habituales del cine queer, con una crudeza delicada que obliga a mirar.

Donde el contexto marcado por discursos antiderechos y una creciente censura hacia las existencias disidentes, la presencia de Nova Coronel no solo en la pantalla sino en la conversación pública resulta esencial. Desde sus redes sociales, ha iniciado un diálogo con miles de personas que encuentran en ella una posibilidad distinta de habitar lo femenino, una voz lúcida que se niega a ser reducida a lo binario.

En esta conversación, la actriz se despliega con la misma sutileza con la que habita a Alex: sin estridencias, pero con una convicción que perfora. Habla de cuerpos que reclaman su derecho a ser narrados, de infancias que merecen el resguardo de la representación y de un cine que, más que mostrar, devela contextos que unen voces. Escucharla es también preguntarse: ¿qué historias seguimos dejando fuera cuando hablamos de identidad? ¿Qué mundos podrían emerger si miráramos con menos estigma y más verdad?

Nova Coronel nos invita a imaginar futuros donde la libertad no sea una excepción o un derecho transitorio, sino una realidad cotidiana, palpable y permanente.

“Un mundo para mí” propone una mirada íntima a la infancia intersexual. Como actriz, ¿cómo preparaste emocional y corporalmente el personaje de Alex? ¿Hubo algo que te transformó personalmente durante el proceso?

Alex (el personaje) me orilló a hacerme muchas preguntas como actriz y como ser humano, a muchos niveles de conciencia. Una de esas preguntas hizo tambalear las pocas conquistas que poseía acerca de mi identidad. Tenía muy poco de haber empezado mi transición social de hombre a mujer, y estaba muy concentrada en explorar mi propia naturaleza: femenina en su mayoría, pero con muchas masculinidades expresas ya en mi cuerpo y en mi psique.

Quiero aclarar, antes de continuar con esta entrevista, para todas y todos nuestros lectores: Alejandro Zuno, mi director, siempre pensó en mí para el personaje. Sin embargo, eso no evitó que hiciera el casting ante los productores y productoras. Alejandro vio en mí al personaje mucho antes de que yo me sintiera capaz de interpretarlo.

Alex me obligó a despojarme de muchas máscaras con las que reafirmaba y defendía mi identidad en ese entonces ante el mundo: el maquillaje, el pelo largo suelto y estilizado, la ropa entallada y catalogada como “sexy”, y los lentes de contacto con los que aparento tener una vista sana (en realidad, sin lentes prácticamente no puedo leer ni redactar esta entrevista, ya que tengo un grado elevado de miopía y astigmatismo).

Alex me obligó a verme al espejo sin filtros embellecedores y a reconocer esa imagen cruda, sin trucos estéticos, como el primer paso para abordar a este hermoso personaje. Ya más desnuda en apariencia, y de la mano de mi director, inicié un detallado laboratorio de estudio alrededor de la frontera social y política más violenta que el ser humano ha creado en su sistema: el género.

Una de las cosas más bellas que el personaje de Alex tiene es que dedica su vida a guiar al prójimo. Es activista por los derechos humanos de las poblaciones intersexuales, y les ofrece un camino de compañía en un aplastante mundo binario, donde se imponen dos únicas formas de existencia para poder desarrollarse socialmente: o eres hombre o eres mujer. Si eres hombre, ocupas la jerarquía del privilegio; pero si eres mujer, estás en una jerarquía inferior, donde enfrentas un sinfín de desventajas frente al hombre.

Es ahí donde Alex me transformó para siempre, porque Alex no es hombre ni es mujer. Alex, al igual que muchas otras personas en el mundo, es intersexual. Nació con características morfológicas y fisiológicas que dinamitan el binarismo hombre/mujer y abren un camino hacia una posibilidad inexplorada –y mutilada– en la historia de la humanidad por la medicina, en “pro de la salud”.

Es así como Alex me obligó a despojarme de lo más valioso que tenía como ser humano a nivel identitario: SER MUJER. Alex me encaminó a un punto medio, donde se siente una soledad infinita y una incomprensión profunda del ser.

La película llega en un momento donde los discursos anti-LGBTQ+ están creciendo globalmente. ¿Cómo vives tú la visibilidad como un acto político, especialmente cuando se trata de contar historias desde la disidencia?

Disfruto mucho ser la que soy. Fue en redes sociales donde salí del clóset como mujer transgénero, y voy por la vida incitando a mis hermanas trans a que seamos visibles. Tanto en redes como en la cruda realidad, insisto en que mi comunidad y las disidencias #LGBTQIA+ ocupemos el espacio público a plena luz del día: ser quienes somos en el supermercado, en los parques, en los restaurantes, en la fila del banco.

Durante décadas, se nos relacionó a todas y todos los rebeldes del género como “criaturas de la noche”, otorgándonos la madrugada para poder ser sus entretenedoras sobre los escenarios o sus esclavas sexuales a disposición en cualquier vía pública, expuestas a todos los peligros y violencias posibles en un país asquerosamente machista, que mata a sus mujeres trans con tanta frecuencia que parece “normal” morir a manos de un macho.

No me malinterpreten. No estoy diciendo que ser trabajadora sexual o performer en algún club nocturno no sea digno o no sea parte de la visibilidad. Lo que estoy diciendo es que hay un largo camino por recorrer para ocupar otros espacios, otros oficios, otras profesiones. Hay una ruta larguísima para acompañar a mis hermanas trans y a lxs disidentes del género a prepararse y desarrollar sus muchos talentos y habilidades bajo la luz del sol.

Una enmienda que se vuelve muy complicada cuando, socialmente, se nos cierran las puertas en la cara por ser quienes somos, incluso en espacios tan básicos como los baños. Ni hablar de instituciones educativas o espacios laborales.

Aquí la respuesta para toda esa gente que se pregunta por qué las mujeres trans inciden en un porcentaje tan elevado en el trabajo sexual: porque se nos niega sistemáticamente el acceso a otras formas de desarrollo.

Para todas y todos los lectores de esta entrevista, aclaro que yo tuve acceso a la educación y a mi formación como actriz porque viví todo ese proceso disfrazada de “hombre”. Salí del clóset hasta los 31 años de edad, ya cuando mi paso por las aulas había concluido.

Ser la que soy ahora y trabajar el triple que cualquier otra mujer para obtener un personaje en cualquier proyecto es un acto político en sí mismo, porque todo está diseñado para que no lo logremos. Porque aún habitamos un mundo donde somos ignoradas y excluidas de muchos procesos sociales, y se nos niegan derechos tan básicos como la educación o el desarrollo laboral.

Nova Coronel
Total look: FERRAGAMO.

Tu personaje cuestiona las imposiciones sobre el cuerpo y el género desde edades muy tempranas. ¿Qué opinas sobre cómo la industria audiovisual representa –o no– las experiencias intersexuales?

No existe un verdadero interés por contar nuestras historias. No hay un reflejo fiel de la realidad en las ficciones. Basta con echar un vistazo al catálogo –interminable– de series y películas que ofrecen las plataformas audiovisuales, donde simplemente no existimos, donde no figuramos dentro de lo que se considera normal. Aún somos contenido que se etiqueta como “de nicho”. No hay mentira más grande que esa.

Las personas transgénero, las poblaciones intersexuales, los y las bisexuales, los homosexuales y las lesbianas hemos estado en el tejido social mucho, muchísimo antes de que existiera Netflix o Prime Video. No hay una sola familia en el mundo que no tenga a un tío, hermano, prima o nieto gay, lesbiana, transgénero o bisexual. Lo que ha sucedido es que el mismo tejido social se ha encargado de borrar nuestras existencias, de difamarnos y colocarnos como foco de burlas y humillaciones públicas a través de las ficciones.

El mensaje ha sido claro: a cualquiera que sea diferente se le enseña que lo mejor es quedarse en el clóset, porque al salir lo único que te espera son problemas, burlas, humillaciones y, en el sentido más trágico y perverso, la muerte. Por eso el clóset es del tamaño de todo un país.

Afortunadamente, existen directores y directoras con un verdadero afán de gritarle al mundo que existimos. El maestro Ernesto Contreras ha mostrado con normalidad nuestras existencias en su obra. Películas como Sueño en otro idioma, Cosas imposibles y, más recientemente, las series El secreto del río y Tengo que morir todas las noches –en la que tuve el regalo de participar– ofrecen una bocanada de esperanza y una inyección de responsabilidad para seguir el camino que él ha comenzado a aplanar para muchas de nosotras.

Alejandro Zuno, mi ahora amigo, director y creador de Un mundo para mí, me regaló a Alex: un personaje que, al mismo tiempo, me entregó un micrófono. Ese micrófono lo estoy usando justo ahora, en esta entrevista, para un medio que ha tenido el gesto de visibilizarme como artista, como actriz; un espacio donde me siento valorada y no reducida a un producto de consumo o un fetiche.

Un mundo para mí es, sin duda, un proyecto que me está abriendo las puertas de uno de los gremios más machistas y heteronormados del ambiente artístico: el cine. No voy a desaprovechar ninguna oportunidad de gritar quién soy y lo que pienso, aunque se incomoden o aunque –en secreto– piensen que no tengo derecho.

“La etiqueta de ‘actriz transgénero’ a veces abre puertas y a veces las cierra todas. El verdadero reto es que mi talento y mi voz hablen más fuerte que mi género“.

En redes sociales, has compartido reflexiones sobre lo que significa ser mujer fuera de los estereotipos normativos. ¿Cómo se entrecruzan tu activismo y tu trabajo artístico?

No me considero, para nada, una activista. No soy más que una actriz que dice lo que piensa. Ser activista es un trabajo que requiere acciones concretas, trabajo de campo y presencia a nivel de piso los siete días de la semana. Kenya Cuevas es una activista, y soy una gran admiradora de su causa y de sus incontables logros en materia de derechos humanos para todas nosotras.

Hacer una historia en Instagram o publicar con hashtags no me convierte en activista. Activismo viene de activar, de accionar. Yo ocupo un espacio en el gremio artístico, pero no soy más que una actriz que sueña con ir a los Óscares por estar nominada, o con estar en el Festival de Cannes algún día porque la película donde participo será exhibida. Sueño con ser invitada formalmente a alguno de los festivales de cine de mi país o –¿por qué no?– con protagonizar alguna ficción donde se dignifiquen realmente nuestras vidas y realidades.

Soy una actriz que participa en una película donde interpreto a Alex, quien a su vez es activista en pro de los derechos de las poblaciones intersexuales. Pero yo, sinceramente, no soy una verdadera activista.

Dices: “Solo soy Nova”. ¿Qué significa hoy para ti habitar ese nombre, ese cuerpo, ese lugar desde el que hablas y creas?

Significa una victoria que se siente personal y auténtica. Significa darme un enorme “sí” en medio de un entorno que, muchas veces, me grita “no”. Ser Nova Luciana Alvarado Coronel legalmente es rendirle tributo a mi madre, Lucía, a quien tanto amé, y rendirme respeto y tributo a mí misma. Ser Nova Coronel en el medio artístico me llena de potencia, porque “Coronel” es el apellido de mi abuelo materno, Jorge, quien me recordó antes de morir que soy una mujer transgénero.

Tardé poco más de 30 años en arrancarme el disfraz de hombre. Casi me creo esa historia de “ser hombre” y casi les creo la historia de que ser una mujer transgénero es motivo de vergüenza. Hoy siento que recuperé poder al expropiar mi cuerpo y mi naturaleza. Hay una fuerza imparable que acepté entre lágrimas cuando me reconocí como mujer. Cuando nadie podía ver lo que yo siempre vi.

Ahora, al verme al espejo, me siento orgullosa de todo lo que he cambiado. A veces lloro, pero ahora es de felicidad. Poder ser testigo de mi propia materialización como mujer en una sociedad que casi me obliga a ser hombre es la conquista más valiosa que tengo y una de las cosas que más orgullo me hacen sentir. Hacer una transición de género es cruzar una frontera; es emprender un viaje en el que, la mayor parte del tiempo, estás sola. Nadie nunca me incitó a convertirme en la que soy. Al contrario, intentaron convencerme por muchos medios de renunciar a mí. Gracias a Dios encontré el camino para ir a ese viaje solitario, un viaje que continúa, y un viaje que hago muy contenta, porque ser la que soy y mostrarlo al mundo me devolvió la ilusión y la emoción por vivir.

¿Qué retos has enfrentado en la industria como artista disidente? ¿Sientes que poco a poco se están abriendo más espacios para narrativas que no obedecen a lo cis, lo blanco o lo heteronormado?

El reto más grande es dejar de verme como un ser humano de tercera o cuarta categoría por ser transgénero, porque es así como se nos percibe en la industria, es así como se nos trata. Es muy fácil caer en esa trampa. El reto más grande ahora es enaltecer mi talento y mi valía como actriz y creadora artística, más allá de mi identidad de género. La etiqueta de “actriz transgénero” a veces abre puertas, y a veces las cierra todas.

Mi valor como artista y actriz, en un país acostumbrado a ver a las mujeres transgénero con odio y rechazo, no se pone en la misma mesa ni en las mismas conversaciones que el valor de cualquier otra actriz cisgénero. La industria audiovisual, especialmente en América Latina, sigue gobernada por hombres y por un machismo y una misoginia cínicos y frontales. Estos han encontrado mecanismos de supervivencia incluso entre las propias mujeres.

Es de mujeres cisgénero de quienes más odio y rechazo he recibido. Es de mujeres cisgénero de quienes más condescendencia he percibido. El reto más grande ahora, para mí, es dejar de ser una actriz que espera una oportunidad y convertirme en la directora y productora que sé que puedo –y voy– a ser.

Trailer oficial de la película “Un mundo para mí” de Alejandro Zuno, 2024

¿Qué le dirías a una persona joven que está explorando su identidad de género o intersexualidad y que tal vez no se ha visto representada en pantalla hasta ahora?

Le diría que no espere a que alguien más le represente. Le diría que ponga mucha atención en las decisiones que toma y que no pierda demasiado tiempo ni energía en la aprobación y el reconocimiento externos. Que trabaje muy duro en el reconocimiento y la aprobación internos, porque conquistando eso se puede combatir todo.

Le diría que no pierda su energía en querer cambiar la forma de pensar de los demás: es una batalla perdida. Le diría que trabaje intensamente en limpiar sus propios pensamientos. Que renuncie a los entornos donde no se sienta valorada o reconocida y que, en cambio, busque alianzas y cómplices que le reconozcan y valoren como ser humano.

Le diría que piense muy bien lo que va a hacer con su cuerpo y con su vida, porque hay cambios que son irreversibles. Le diría que invierta su tiempo y dinero en educación y en desarrollar sus talentos. Estoy convencida de que el conocimiento, el desarrollo y el entrenamiento profesional de los talentos son el vehículo para la verdadera representación, no solo en medios audiovisuales y artísticos, sino en otros campos de desarrollo profesional como las ciencias, el deporte o la música.

La verdadera representación debe suceder en la vida cotidiana y a nivel de piso: viendo a profesionales de la salud, del deporte, de la música o de las matemáticas con identidades de género diversas. Eso solo lo podemos lograr con estudio, disciplina y determinación. No hay que resignarse al mundo en que nacimos; hay que trans-formarlo.

La película se presenta dentro del FICG, compitiendo por los premios Maguey y Mezcal. ¿Qué significa para ti estar en un festival que ha sido históricamente un bastión de la diversidad sexual en el cine latinoamericano?

Me ilusioné mucho cuando me enteré de que Un mundo para mí estaría dentro de estas dos competencias. Sentí una gran emoción y orgullo al saber que el personaje que tejí con tanto amor y entrega, de la mano de Alejandro Zuno, sería visto en una plataforma tan reconocida, y encontraría su estreno nacional en Guadalajara.

Luego, me desilusioné cuando mi agencia de representación, In The Park Management, contactó a relaciones públicas del Festival Internacional de Cine de Guadalajara para saber si estaba contemplada en alguna actividad dentro del festival, y la respuesta fue un “no”.

Sigo ilusionada, porque sucederá lo más importante: Un mundo para mí se encontrará en las salas del festival con el público que compre su boleto para ser testigo de un filme que, les aseguro, moverá fibras y creencias.

Entonces, que un personaje mío esté en un festival así me llena de orgullo, y sin duda es un paso bello en mi carrera como actriz. Pero no ser considerada por el festival para participar en sus celebraciones me hace redescubrir una parte de todo este submundo de los festivales de cine, donde los nombres, la fama y las trayectorias siguen jugando un papel muy importante.

¿Hay alguna escena en la película que sientas que te atravesó de una manera especial, ya sea como actriz o como persona? ¿Por qué?

Sí, la escena donde Alex carga a Leo entre sus brazos. Siempre he sentido un magnetismo muy especial hacia los bebés. El milagro de la vida me sorprende y me cautiva siempre. En el rodaje contábamos con dos bebés actores que interpretaban a Leo recién nacido. La locación donde filmábamos estaba muy caliente debido al clima de la ciudad y al hecho de que puertas y ventanas permanecían cerradas para evitar el ruido exterior.

Recuerdo que, al tener al bebé Leo entre mis brazos, una energía enorme recorrió mi cuerpo y elevó aún más mi temperatura, haciéndome sudar. Empecé a ponerme muy nerviosa, porque naturalmente el bebé comenzó a llorar, aumentando también su temperatura y expandiendo su energía. Sentí la grandeza de la vida –y de Dios– en mis brazos, al cargar a ese hermoso bebé y sostenerlo mientras lloraba.

Tenía años sin sostener a un bebé y no recordaba cuánto deseaba tener descendencia. Fue un momento profundamente conmovedor que me conectó con mi deseo más íntimo de ser madre y con una sensibilidad que quizá había olvidado.

¿Qué esperas que Un mundo para mí despierte en quienes la vean? ¿Y qué tipo de mundo imaginas –o deseas– para las infancias intersexuales del futuro?

Mis 20 años de carrera como actriz me han enseñado que no hay que esperar nada. Tener expectativas siempre me ha conducido a decepciones, por eso me esfuerzo mucho en no generarlas. Lo que sí sé es que, a muchas y a muchos que se den el tiempo de ver Un mundo para mí, les surgirán muchas preguntas y, con suerte, algunas respuestas y luces que les acompañarán para continuar con sus caminos. Tal cual me pasó a mí al leer el guion. Un mundo para mí es una historia que genera una conexión especial con quienes la ven. Lo sé porque las pocas personas que ya la han visto me han hecho saber que nuestra película conmueve, emociona, cuestiona, confronta y abre una conversación interna profunda alrededor de la identidad.

Deseo un mundo donde el género, la sexualidad o la identidad de género sean un derecho, y no una imposición, para las infancias. No solo para las infancias intersexuales, sino para todas. Para las infancias intersexuales en particular, deseo justicia, empatía y consideración. Todas y todos tenemos el derecho de decidir qué hacer con nuestros cuerpos, con nuestras vidas, con nuestra sexualidad. Todxs tenemos derecho a ser amados y a amar. Todxs tenemos derecho a probar la felicidad; la felicidad debería ser un derecho para todos y todas.

En mi caso, solo tuve acceso a la felicidad al salir de un clóset en el que yo no me había metido, sino en el que me fueron metiendo. Encontré la felicidad al adueñarme de mi cuerpo y del único clóset en el que, para mí, vale la pena invertir: el del vestidor. Usar la ropa que me gusta y que corresponde a mi naturaleza me dio una herramienta muy valiosa para enfrentar el mundo y su dura cotidianidad con ilusión, porque al fin camino por las calles libre, sabiendo que soy –y seré hasta el día de mi muerte– quien verdaderamente soy.

Styling: Daniel Zepeda. Maquillaje y pelo: Roberto Sierra. Asistentes de styling: Daniela Gutiérrez. Locación: Soho House Mexico City.