El archivo y el artificio: prácticas encarnadas de Terry Holiday

La obra artística de Terry Holiday trasciende el escenario para bordar una poética visual que desafía el olvido y celebra la existencia trans.

Total look: FERRAGAMO.

Mientras la Ciudad de México apenas comenzaba a sacudirse el conservadurismo posrevolucionario, una figura se dejaba sentir con la fuerza de un relámpago en plena madrugada. Irreverente, magnética, y dotada de un sentido escénico que conjugaba el arte con la disidencia. Cada show con una forma lúcida de narrar su propia historia. Su nombre: Terry Holiday. Su legado: medio siglo de resistencia encarnada en cuerpo, voz, vestuario y obra.

Artista total nacida en 1955, formada en La Esmeralda durante los años setenta y marcada desde la infancia por el influjo de la música y el teatro –gracias a una madre pianista–, Holiday comprendió desde temprana edad que el arte no era solo una vocación, sino un destino. En su adolescencia ya dibujaba, estudiaba pintura en el Instituto Nacional de Bellas Artes y se perdía en las galerías de la Zona Rosa, ahora el centro neurálgico de la vida LGBTQ+, donde descubrió a Carrington, Cuevas y García Ocejo. A los quince años, caminaba con determinación hacia los bares semiclandestinos que, aunque todavía velados por el silencio y la represión, insinuaban otras formas de existencia.

La mexicana participó en la Bienal de Arte Experimental de 1977, trabajó como extra en La Montaña Sagrada de Jodorowsky y brilló en Lucrecia Borgia, un delirio musical. En la década de los 80, bailó con Pérez Prado en A fuego lento de Juan Ibáñez. Pero más allá del currículum, está la figura: la presencia escénica fulgurante, la pionera de las disidencias performativas, la performer que convirtió cada escenario –del Teatro Fru-frú a los bares clandestinos– en un altar.

Hoy, representada por la galería Memoria en Madrid, sus obras en patchwork –técnica históricamente vinculada al arte feminista– recuperan vestuarios, memorias y sueños. Conformadas por retazos de vida y lentejuelas, son una extensión táctil de su práctica como diseñadora de vestuario y, al mismo tiempo, una poética del ensamblaje. En sus palabras: “dejé de usar solo tintas y acuarelas, y decidí utilizar elementos del show y temas trascendentales para armar mis piezas”. Como en el teatro, aquí también hay trama, conflicto, catarsis.

La muestra de fotografías históricas que acompañan sus obras textiles es más que un registro: es un archivo afectivo. Desde los años setenta, Holiday ha posado para fotógrafos que la entendieron como musa y testimonio. Esas imágenes hoy no solo ilustran una biografía, sino los pliegues de una ciudad y de una comunidad en proceso de reconfiguración simbólica.

Miembro fundadora del Archivo de la Memoria Trans México, Holiday ha sido testigo y protagonista del lento, pero irreversible, avance de la representación trans en el arte. Ya no se trata –como ella misma dice– de “un arte decorativo”, sino de una práctica que informa, grita, exige. Su presencia es la de una artista que, sin privilegios, ha buscado justicia, y que con cada pieza convoca a la reflexión estética y política.

En un presente que aún negocia su deuda con la memoria y la justicia, Terry Holiday no se limita a ocupar un espacio: lo expande, lo interviene, lo transforma. Su obra –visual, escénica, vital– no busca conmover desde la nostalgia, sino activar una conciencia crítica desde la experiencia.

Más que una figura del pasado, Terry Holiday es un prisma contemporáneo: una artista cuya historia ilumina las zonas opacas de nuestra historia cultural y cuya práctica sigue exigiendo –con belleza, con ironía, con política– una sensibilidad más atenta, más abierta, más humana.

Tu presencia en la vida nocturna de la Ciudad de México marcó a una generación. ¿Qué significaban para ti los escenarios, los clubes y los espacios de contracultura?

Mi presencia en los escenarios fue dictada por la necesidad de encontrar la manera de visibilizar nuestro talento, divertirnos con amigos y ganar dinero.

Tu exposición presenta una serie de obras textiles en patchwork, una técnica históricamente vinculada al arte feminista. ¿Qué significa para ti utilizar esta técnica en tus composiciones y cómo se relaciona con tu trayectoria?

Es obvio que, con el contacto con mujeres artistas y el eterno femenino, en un momento dado dejé de utilizar solo tintas y acuarelas, y decidí usar elementos del vestuario de show y temas trascendentales para armar mis patchworks, que son una manera de llamar la atención de forma contundente. Para eso, la experiencia en teatro y cabaret fue definitiva.

Las fotografías históricas que forman parte de la muestra capturan tu figura disruptiva. ¿Qué significan estas imágenes dentro de tu obra y cómo contribuyen a la narrativa de tu exposición?

Desde principios de los años setenta, tuve la suerte de servir de modelo para muchos fotógrafos, lo que me permitió reunir testimonio gráfico que ahora, años después, no solamente es un registro de vida, sino también de los cambios que fuimos viviendo en México, en una constante lucha por ganar espacios de representatividad.

¿Hay alguna pieza en particular que tenga un significado especial para ti dentro de esta muestra? ¿Por qué?

Todas mis piezas son de un gran y entrañable significado, y son importantes y queridas para mí, pero lo mejor es cómo las recibe la gente. La mirada del público es la que las hace valiosas.

La exposición tiene lugar en un momento de gran visibilidad para las personas trans en el arte. ¿Cómo ves la evolución de la representación trans en la escena artística y cómo se refleja en tu obra?

Me da mucho gusto notar, cada día más, la presencia de creadoras trans y no binarias que aportan mucho al arte, como fotógrafas, dibujantes, pintoras y en otras disciplinas.

Siento que, por mucho, hemos superado un simple arte decorativo y hemos pasado a crear piezas que informen, exijan, griten y expresen lo que de verdad sentimos. Aunque siempre hemos estado, y aunque muchas veces nos traten con indiferencia, hay mucho talento, y ha sido relevante abrir puertas para quienes están y para quienes vienen.

Tu obra ha sido un faro de resistencia y visibilidad para la comunidad trans. ¿Qué mensaje esperas que las personas se lleven al ver tu trabajo?

El mensaje que quisiera dar es que hagan cosas, que sean creativas, que no se queden solamente observando o criticando. Que se atrevan a expresar inquietudes y necesidades. Abrirse al mundo y lograr aprecio y respeto. Pareciera que se ha logrado mucho, pero aún falta.

Para el público que ve tu exposición por primera vez, ¿qué te gustaría que se llevaran de la experiencia?

Al público que se acerca por vez primera, ojalá y les ponga a pensar. Seguro les gusta, porque la estética está hecha de la mano con la belleza, pero más que agradar, lo que busco es llamar su atención hacia una reflexión. Hacer patentes vivencias y situaciones muy de las vidas trans, porque no todo se ha dicho.

Si pudieras definir tu legado en una sola palabra o concepto, ¿cuál sería y por qué?

Así, podría decir que el motor que me mueve ha sido la resiliencia. Luchando desde hace cincuenta años contra la corriente, para lograr esa empatía. No buscando el privilegio, solamente justicia. Es muy duro hacerlo a través del arte, pero no es imposible.

¿Hay algún momento de tu carrera artística que recuerdes con especial cariño o que haya cambiado tu vida?

De mi carrera, lo mejor ha sido encontrar amistades, complicidades, cariño, con seres maravillosos que me han motivado para crear y creer.

Styling: Daniel Zepeda. Maquillaje y pelo: Roberto Sierra. Asistentes de styling: Daniela Gutiérrez. Locación: Soho House Mexico City.