Vanessa Raw y la belleza indómita del devenir

Entre sueños, mitologías y disciplina física, Vanessa Raw presenta en Galería Georgina Pounds su primera exposición individual en México, una exploración pictórica sobre el devenir, el instinto y la potencia de lo femenino.

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Conocimos a Vanessa Raw durante Art Basel el año pasado, en casa de Michelle y Jason Rubell, donde entonces era artista en residencia. Los Rubell estaban inmersos en los preparativos de su próxima exposición. Desde el primer momento, Vanessa destacó (no solo por su talento contundente, sino por su calidez, su inteligencia y una intensidad que parece inseparable de su obra). Hay también en ella algo marcadamente atlético, resultado de años como triatleta profesional, una disciplina que se percibe tanto en su presencia física como en la resistencia que exige su práctica pictórica.

A lo largo de esa semana, especialmente alrededor de la mesa, nos fuimos conociendo de forma más personal. Cuando mi esposo y yo vimos por primera vez sus lienzos de gran formato, la reacción fue inmediata. Sus pinturas —cuerpos femeninos entrelazados con fauna, trabajados desde una sensualidad que es a la vez terrenal y mítica— se sienten íntimas y expansivas. Las figuras aparecen como paisajes, poderosas, porosas, sin defensas. Hay una seguridad clara en su trazo, una fluidez gestual que delata a una artista plenamente conectada con su propio lenguaje visual. Supimos de inmediato que era alguien a quien había que seguir de cerca.

Poco después, fotografiamos a Vanessa en su estudio de Londres junto a Tim Marsella, capturándola dentro de ese espacio donde toman forma territorios imaginados y corporales. Ahora, verla llegar a México con un nuevo cuerpo de obra —trasladado de Londres a la Ciudad de México— resulta especialmente significativo. Me entusiasma enormemente experimentar estas pinturas en persona. Se siente como un momento decisivo, no solo dentro de su práctica, sino en la evolución de una pintora cuya obra continúa expandiéndose formal, emocional y geográficamente.

Monsters Paradise; The Becoming of Her Divine Beast es la primera exposición individual de Vanessa Raw en la Ciudad de México y se presenta a partir del 4 de febrero en Galería Georgina Pounds. En el marco de esta exposición, conversamos con Vanessa sobre los ejes que atraviesan su práctica: la disciplina heredada del deporte de alto rendimiento, la pintura como forma de presencia mental, el peso del mito —griego y mesoamericano— y la construcción de paisajes interiores donde lo onírico, lo corporal y lo simbólico se entrelazan. La artista reflexiona también sobre este momento de su carrera, su llegada a México y la manera en que este nuevo cuerpo de trabajo marca una etapa de apertura, entrega y expansión dentro de su lenguaje pictórico.

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Esta es tu primera exposición individual en la Ciudad de México. ¿Qué significa traer este cuerpo de obra aquí y en este momento?

Estoy profundamente emocionada. Nunca había estado en la Ciudad de México y presentar aquí mi trabajo por primera vez —en un espacio tan bello y con tanta historia— se siente como un verdadero honor. A lo largo de los años he leído mucho sobre la ciudad como un lugar de refugio y libertad creativa, especialmente para mujeres artistas. El hecho de que Leonora Carrington haya encontrado aquí un hogar es algo que me resulta muy significativo; siento una afinidad profunda con su obra y su mundo interior. Y, por supuesto, la presencia de Frida Kahlo sigue viva en la ciudad. Traer este trabajo aquí es, al mismo tiempo, un gesto humilde y emocionante.

El título Monsters Paradise: The Becoming of Her Divine Beast es muy potente. ¿Podrías profundizar en él?

El título surgió mientras corría hacia el estudio una mañana. Aunque ahora vivo a cinco minutos, suelo correr un circuito de diez kilómetros: me despeja la mente y permite que las ideas aparezcan. En el último año he empezado a entender con mayor claridad qué estaba buscando en este trabajo, aunque sé que esa búsqueda nunca se cierra del todo y seguirá transformándose.

Al principio, los animales representaban memorias negativas: algo salvaje o doloroso que necesitaba transformarse. Los paisajes funcionaban como espacios seguros y contenidos, mundos exclusivamente femeninos que protegían y sostenían a las mujeres que habitaban en ellos. Pero con el tiempo comprendí que no se trataba solo de conectar con el mundo, sino de conectar conmigo misma. Quizá esos animales eran partes de mí que necesitaban ser aceptadas, no corregidas.

Después de leer The Monstrous-Feminine de Barbara Creed, junto con textos mitológicos y bíblicos, empecé a notar con más claridad cómo las mujeres han sido representadas históricamente como monstruos —incluso, o especialmente, en contextos de violencia, abuso o transgresión. Crecer en los noventa y principios de los dos mil implicaba que ser “monstruosa” muchas veces significaba simplemente no cumplir con un ideal imposible de perfección.

Empecé a entender que convertirse en el monstruo —asumirlo, integrarlo— podía ser un acto de fuerza. Esto conecta profundamente con mi propia lucha de toda la vida con la sensación de no ser “suficiente”. ¿Suficiente para quién? Solo esa pregunta ya resulta liberadora.

Ahora intento explorar las partes más incómodas de mí misma: las que hablan, las que no temen ser rechazadas, las que son auténticas. Es un proceso en curso; siento que apenas voy en el uno por ciento, por eso The Becoming es tan importante en el título. Convertirse implica un despliegue continuo, un habitarse a una misma en lugar de aspirar a otra cosa. Divine Beast, más que Divine Feminine, me resulta una noción instintiva, sagrada, corporal, sin disculpas.

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¿Dejaste el triatlón porque el arte también exige una disciplina extrema? ¿Cuánto tiempo pintas al día?

Fui triatleta profesional durante doce años, probablemente diez de más. Empecé mientras estudiaba arte y, como avancé rápido, sentí la responsabilidad de seguir. Pensé que tendría éxito, que luego podría dejarlo y regresar por completo al arte. Pero después de los primeros dieciocho meses, pasé casi toda la década lesionada.

Un día, simplemente me detuve en medio de la carretera. Ya no podía seguir empujando al cuerpo a través del dolor. La lesión llevaba siete años y entendí que no se trataba de fortaleza física: estaba fallándole a mi parte creativa.

Esa disciplina y perseverancia alimentaron mi práctica artística, aunque creo que siempre fueron parte de mí. Tal vez por eso el deporte de resistencia me resultó natural. Pintar ahora me produce una alegría inmensa, pero el equilibrio es algo que sigo aprendiendo. Puedo volverme completamente obsesiva. Mis pensamientos sobre la pintura no se detienen cuando salgo del estudio. Nunca he dormido bien, así que el descanso es escaso.

Hace poco empecé a meditar, al principio por necesidad, casi como una forma de supervivencia. Aprender a observar mis pensamientos, aunque sea por breves instantes, me ha traído un alivio enorme. Esa pequeña distancia puede cambiarlo todo.

¿Cómo se relaciona la pintura con la atención plena o la quietud mental en tu práctica?

Es algo central para mí. No creo que hagamos nuestro mejor trabajo cuando estamos demasiado atrapados en nuestras narrativas personales. Cuando estamos verdaderamente presentes, nos conectamos con el mundo, con los otros y con nosotros mismos. La ansiedad habita en el pasado o en el futuro; la paz solo existe en el ahora.

Como artistas, por supuesto, trabajamos con la memoria y la experiencia. El reto ha sido transformar todo eso en algo que esté anclado en el presente. La conexión real solo puede ocurrir ahí. El ego crea la ilusión de separación.

Estoy lejos de dominar esto, pero es una búsqueda de toda la vida; siento que es la única forma de entrar en contacto con algo más grande que yo misma.

Tus pinturas muestran figuras femeninas íntimas en paisajes imaginados que se sienten tanto mitológicos como psicológicos. ¿De dónde surgen estos mundos?

Al principio surgían de recuerdos de los paisajes por los que corría. En el último año, muchos han emergido de mis sueños, del subconsciente o de una mezcla entre memoria, sueño e imaginación. Los animales intensifican el carácter mitológico, pero en el fondo estos mundos son profundamente psicológicos.

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En esta exposición aparece Eva sosteniendo un jilguero. ¿Por qué volver a Eva y por qué ese símbolo?

Eva es una de las mujeres más vilipendiadas de la historia, en gran parte por interpretaciones misóginas de los textos bíblicos. Pero, en realidad, esta imagen me llegó primero en un sueño, en ese estado liminal entre dormir y estar despierta. No la entendía del todo; solo sabía que tenía que pintarla.

El jilguero simboliza la libertad y el despertar espiritual. Algunos estudiosos de la Biblia sugieren que el acto de Eva al comer la manzana no fue una caída, sino un deseo de crecimiento, sabiduría y conocimiento. Esa lectura resuena profundamente conmigo.

Por las noches me llegan imágenes, objetos e incluso figuras. Personas de pie junto a mi cama. De niña me aterraba; pensaba que la casa estaba embrujada o que algo me pasaba a mí. Durante algunos años, cuando no tenía estudio y aún era atleta, ocurría casi a diario: estaba completamente despierta y las figuras —o en una ocasión, un dron— entraban en la habitación. A veces luchaba contra ellas; otras les preguntaba qué querían. Eran tan sólidas como tú o yo y, después de unos minutos, desaparecían.

Ahora me pregunto si, en ese estado entre mundos, soy consciente de algo que en plena vigilia no percibo. Al fin y al cabo, si el tiempo no existe y todo sucede ahora, quizá se trate simplemente de abrirse a ello. Conforme pinto más y expreso más, las imágenes giran con mayor intensidad en mi mente hasta que necesito levantarme a dibujar o escribir. Siento que, de forma consciente, he apagado la presencia física de esas figuras por ahora —suena extraño, lo sé—, pero las imágenes no se han detenido.

Tu obra dialoga con la mitología griega y mexicana, y las figuras suelen fundirse con el paisaje. ¿Qué te atrae de esa fusión?

En esencia, tiene que ver con la unión con la tierra, algo inseparable para mí de la sanación, la armonía y la paz. No recurro a los mitos de manera literal, pero me interesan profundamente los hilos comunes que los atraviesan.

En la cosmología mexicana, figuras como Coatlicue, la madre tierra, encarnan creación y destrucción al mismo tiempo. Es monstruosa, protectora y aterradora a la vez. Esa dualidad se refleja en mis figuras: heridas pero poderosas, arraigadas a la tierra mientras cargan el trauma en sus cuerpos. En la cosmovisión mesoamericana, los animales no eran metáforas, sino extensiones espirituales del ser: guías o alter egos.

La mitología griega, especialmente a través de Ovidio, me interesa desde una perspectiva psicológica más que heroica. La transformación, la metamorfosis, el devenir —mujeres que se convierten en animales, árboles, agua o piedra como respuesta a la violencia o al deseo— sostienen todo este universo. Al final, todas estas historias regresan a la presencia y a la unidad como el lugar donde puede encontrarse la paz.

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¿Cómo influye exhibir en Galería Georgina Pounds en la experiencia de la obra?

Me emociona enormemente poder mostrar el trabajo en un edificio tan icónico. Sus detalles ornamentales, tan naturales y ricos, espero que dialoguen en armonía con la obra. Se siente la historia del lugar, y solo espero que mi trabajo esté a la altura de ese contexto.

Artistas como Leonora Carrington pasaron tiempo en este edificio. ¿Esa herencia resonó contigo?

Absolutamente. Me produce escalofríos. Siento una afinidad profunda con Leonora, sobre todo con su rechazo a la mirada masculina del surrealismo en favor de una mitología interior, centrada en lo femenino. Intenté invocarla mientras pintaba en mi estudio.

Esta exposición llega después de hitos importantes en tu carrera. ¿Cómo lees este momento de tu práctica?

Los últimos años han sido intensos, con muy pocas pausas. Pero siento que apenas estoy comenzando: experimentando, jugando, permitiéndome explorar con mayor libertad. Mi mayor reto —y quizá mi lección de vida— es aprender a soltar: rendirme, dejar de empujar con tanta fuerza y confiar en el flujo.

Mostrar este trabajo en un edificio tan cargado de historia, en una ciudad con una energía creativa tan potente —especialmente femenina—, se siente como el lugar correcto para hacerlo. Además, al ser la primera apertura de Georgina, todo tiene un aire de comienzo. Una hoja en blanco.

¿Qué esperas que el público se lleve de Monsters Paradise?

Sobre todo, espero que la obra ofrezca una sensación de fortaleza, de conexión y de permiso: permiso para ser plenamente uno mismo.

¿Hay artistas contemporáneos mexicanos que admires o que te gustaría conocer?

Me encantaría conocer a Gabriel Orozco y Magali Lara. Ambos son una gran fuente de inspiración para mí.

La exposición abre el 4 de febrero.