
Una exposición en el Grand Palais —del 26 de junio al 4 de enero— reconstruye la alianza creativa y amorosa entre Niki de Saint Phalle y Jean Tinguely bajo la mirada del curador Pontus Hultén. Un recorrido donde color y máquina dialogan para convertir la intimidad en gesto público, lúdico y revolucionario.
Hay historias de amor que se transforman en movimientos artísticos, alianzas íntimas que trascienden lo personal para convertirse en revoluciones estéticas. Tal es el caso de Niki de Saint Phalle (1930–2002) y Jean Tinguely (1925–1991), cónyuges, cómplices en vida y obra. A su lado, el curador Pontus Hultén (1924–2006) actuó como testigo privilegiado y aliado intransigente. Hultén hizo de puente entre el público y la pareja. Desde su concepción fue que la pasión llegó a los museos.
El 26 de junio de este año, irrumpió en el Grand Palais de París un éxtasis de color, un maratón de vibraciones para agitar al pensamiento contemporáneo. Es hasta el 4 de enero que el espacio será secuestrado por este escenario. Niki de Saint Phalle, Jean Tinguely, Pontus Hultén, una muestra para reunir arte, amor y complicidad intelectual bajo la mirada visionaria del curador.



Pasión por el arte, pasión por amor
Esta unión artística se hizo en vida y ahora regresa, vital, estridente. El célebre dúo reconstruye esa trama de amor, complicidad y rebeldía. Con piezas recogidas de distintas latitudes, la muestra revela al arte como una institución colectiva. Una experiencia que no podía hacer más que convertir los afectos personales en gestos públicos de libertad. A través de la figura de Pontus Hultén, el relato se va contando. El recorrido traza una historia donde el arte se despliega como un territorio libre, participativo y revolucionario. De alguna manera, solo ahí, con los pies bien plantados en el suelo del Palais, la voluptuosidad colorida de lo de Saint Phalle se reconfigura en la presencia de lo industrial de Tinguely.

A través de este homenaje a la pasión disfrutada en vida, se permite redescubrir y reinterpretar piezas que nacieron desde lo más interno de cada artista. Seguir las huellas de un amor que fue también una plataforma de expresión, ambos artistas encontraban en el otro la mejor manera de ser. El recorrido, histórico y lúdico a la vez, convierte al Palais en un laboratorio de complicidad donde el resultado siempre es el amor. Distintas tonalidades, pero siempre el amor.
El Grand Palais podrá vibrar durante este semestre, con tres visiones, tres maneras de entender el mundo bajo la misma intención de ser mejor en el balance ajeno. Un hervidero de pensamiento que comulga el arte y su manera de entenderlo. Pintura, escultura y texto concebido desde el lugar donde todo se hace genuino: el cariño.