
Nació en Birmingham. Se crió entre golpes. Maquinaria imparable y siempre audible de las fábricas —materia prima de la disidencia británica—. Creció del ruido para aprender a hacerlo. Fue sangre obrera antes de dueño de escenarios. Abandonó la escuela, afinó trompetas y estuvo preso por robar. Después llegó la música, salvación y condena. En 1967, fundó Rare Breed, banda efímera. Después, Black Sabbath —junto a Geezer Butler, Tony Iommi y Bill Ward— que encendió la chispa de una oscuridad cegadora. Cambiaron el nombre de la banda, y con él, la historia del rock.
La música británica está labrada en piedra ya. Innumerables los éxitos, incontables las estrellas. Y aún entre tanta gente y tanto espacio, Black Sabbath extendía su vibración, el terror y la furia. Osbourne era voz principal de este enojo que abrazó a una generación entera. Un conjuro. Un espíritu de carne rota. Después de tanto —gritos, sollozos, lágrimas—, la esfera más grande del rock lo tenía a él, el niño jornalero de Birmingham, como protagonista en una historia que acaba de empezar y se lleva consigo una chispa irrecuperable.
La historia lo vio caer muchas veces: en la adicción, en la violencia, en la enfermedad. Fue expulsado de Black Sabbath, vivió un matrimonio caótico con Sharon Osbourne que sobrevivió incluso al intento de asesinato bajo el influjo de las drogas. Fue padre ausente, estrella de reality, testimonio público de lo que significa llevar el cuerpo al límite y aún así levantarse, micrófono en mano: “I am Iron Man”.



En 2003, un accidente en quad le destrozó el cuello. En 2019, una caída agravó todo. Vivió con Parkinson, con Covid, con el cuerpo quebrado de alma amplificada. Su voz, cada vez más grave, seguía cargando el peso de leyenda. Ruido. Vibrar de cuerdas feroces. Bajos indelebles. Bombos que retumban en cada pared que tuvo la gracia de recordar con singularidad ese sonido indefinible de cólera como muestra de amor.
En 2022 lanzó Patient Number 9, con un equipo de Salón de la Fama de la vida: Clapton, Beck, Hawkins, Iommi. En 2023 ganó un Grammy más. Ese mismo año, se arrastró al escenario de los Juegos de la Commonwealth, para entonar Iron Man y Paranoid. No podía mantenerse de pie, pero lo hizo. Ozzy nunca fue un hombre: un resultado innegable de lo que representa esta era industrial de la vieja Bretaña.
Tal vez fue esa la huella más verde de lo que dejaron estas ciudades convertidas en vertederos. Manchester, Liverpool, Birmingham, Leeds, Newcastle. Cada una dejó un mártir del nuevo mundo. Visiones que arropan la incertidumbre del futuro y la convierten en una suerte de identidad a falta de solución. Ian Curtis, Sid Vicious, David Bowie, John Bonham. La lista es interminable, pero, de alguna manera, al nombre Ozzy Osbourne (.) siempre lo acompañará el punto final.

Hoy, Sharon, sus hijos, estadios completos, generaciones de antes y de ahora que lo adoraron en secreto, o a gritos, lo lloran.
El 5 de julio, apenas dos semanas atrás, dio su último concierto. Birmingham fue la sede, la misma que lo vio nacer y de cierta manera, distinta ya. Configurada, moldeada por la gracia de aquellos que se peleaban por el reflector. Osbourne lo tenía, la sombra quedaba justo detrás de él, el maquillaje que envolvía sus ojos se deslizaba con las gotas de sudor para terminar en su quijada. El micrófono directo para esa voz ronca y miles de labios coreaban lo que este hombre vestido de negro, digno de sueños, ardía en el escenario.
Descansa en paz Ozzy Osbourne. Príncipe de las Tinieblas. Hombre, mito, leyenda. Fenómeno irrecuperable de su espacio. De su tiempo.
1948 – 2025