Paris Jackson y Ester Expósito reescriben su historia junto a Desigual

Paris Jackson y Ester Expósito transforman un momento viral en una poderosa campaña que critica la cultura del clickbait.

ESTER EXPOSITO
Fotografía cortesía.

En junio de 2024, en una pasarela instalada en una Barcelona, dos mujeres compartieron la primera fila del desfile por el 40 aniversario de Desigual, un asiento que, para fines prácticos, es tanto una posición privilegiada como una trampa. Paris Jackson, hija de un mito que ya no necesita presentación, llegó con su gesto serio. A su lado, la actriz española Ester Expósito.

Se saludaron. O no. La secuencia exacta no está clara. Lo que sí quedó fue un video breve, sin contexto, en el que una se gira y la otra no. Una mira de reojo, la otra sigue en su mundo. Un momento común —ambas enmarcadas por fotógrafos, rodeadas de luces LED y expectativas invisibles— se convirtió, gracias al mecanismo de las redes, en una disputa que nunca ocurrió. Durante días se escribieron titulares como si fueran sentencias. Se hablaron de celos, de egos, de silencios significativos. Se viralizó una historia que no tenía diálogo, pero sí guión.

Un año después, el eco de aquel no-encuentro regresa. Pero no en forma de rectificación. Lo hace como una camiseta. Dos, en realidad. Una dice “I love Paris”, la otra “I love Ester”. Y entre esas dos frases, aparentemente inocentes, Desigual ha montado una declaración de principios: si vas a decir algo, que sea una complicidad; si vas a escribir sobre mujeres, que sea desde el respeto; si vas a viralizar, que al menos construya.

La campaña que las une —”Not a Doll”— habla de algo más que camisetas. Es un recordatorio de que el cuerpo, la mirada, el gesto de una mujer no está al servicio del entretenimiento. No es una muñeca de escaparate ni una narrativa disponible al mejor postor. Las dos mujeres que hace un año fueron enfrentadas por el algoritmo hoy aparecen como aliadas de algo más interesante que el conflicto: la intención de no ser interpretadas, sino entendidas.

No hubo enemistad. No hubo roce. Sólo una pausa, quizá una incomodidad compartida, como la de quienes se saben observadas, grabadas, capturadas sin permiso. Y ahora, en forma de prenda, queda una especie de epílogo inesperado: el gesto más sencillo —decir “te admiro”— convertido en statement.

Así, lo que empezó con un malentendido en primera fila termina con una pregunta más útil: ¿qué tal si, en lugar de rivales, comenzamos a ver a las mujeres como reflejos mutuos? O, como dicen las camisetas: I love Paris. I love Ester. Punto.

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