El polo en México: una tradición de excelencia que se reinventa generación tras generación 

Historia, linaje y lujo contemporáneo en la 25ª edición de la Copa Agua Alta.

Fotografía Daniel Zepeda con iPhone 16 Pro

Pocas disciplinas en México conjugan con tanta naturalidad la tradición familiar, la destreza atlética y el refinamiento estético como el polo. Aunque suele ser mencionado de forma tangencial en el panorama deportivo nacional, su legado se remonta a finales del siglo XIX. El polo permanece vigente gracias a un puñado de visionarios, instituciones clave y eventos que han sabido capturar el espíritu ecuestre del país.

Fue en 1881 cuando los hermanos Pablo y Manuel Escandón, inspirados por un partido en Newport, decidieron introducir el polo en territorio mexicano. Su entusiasmo no solo impulsó la práctica del deporte, sino que marcó el inicio de una dinastía. Los primeros campos se establecieron en Tacubaya y en el entonces emergente Hipódromo Condesa. Estos se convirtieron en escenarios privilegiados de una actividad que comenzaba a tejer su propia narrativa de linaje y pasión.

El talento mexicano no tardó en trascender fronteras. En 1895, apenas catorce años después de su llegada, México conquistó el Abierto de París, una de las competencias más prestigiosas del circuito internacional. Esta hazaña fue solo un preludio. En los Juegos Olímpicos de París 1900, el equipo mexicano obtuvo la medalla de bronce. Desde este momento se consolidó su posición como una potencia emergente en el universo del polo.

Durante la década de 1930, el general Joaquín Amaro Domínguez —visionario del ámbito militar y cultural— promovió la expansión del polo. Lo hizo a través de la importación de caballos argentinos y su implementación en las fuerzas armadas. Este impulso institucional no solo profesionalizó el deporte, sino que fomentó una comunidad comprometida con su evolución.

Hoy, esa herencia se manifiesta con fuerza en la Copa Agua Alta, un torneo que en 2025 celebra su 25º aniversario. Fundado en el paradisíaco enclave de Careyes por el empresario italiano Alberto Ardissone, el evento surgió como un íntimo festejo de cumpleaños. Pero pronto, esa reunión entre amigos se transformó en una plataforma de clase mundial. Se convocaron a polistas de Argentina, Colombia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, España y, por supuesto, México.

Fotografía Daniel Zepeda con iPhone 16 Pro

Careyes, con sus playas vírgenes, arquitectura singular y atmósfera bohemia, ofrece el escenario ideal donde la adrenalina del deporte convive con el arte de vivir. Más que una competencia, la Copa Agua Alta es una celebración de lo que el polo representa: conexión, elegancia y pertenencia.

En este contexto, la alianza con Range Rover adquiere una resonancia natural. Como patrocinador oficial del torneo, la marca británica refrenda su compromiso con experiencias que van más allá de lo funcional. Aquí, se apuesta por momentos donde la excelencia técnica y el lujo emocional se encuentran. “El polo no es solo un deporte, es una cultura —y en esa cultura, Range Rover encuentra un espejo”, explica Montserrat Martínez, Directora de Marketing & Producto de JLR México y LACRO.

Ambos mundos comparten un lenguaje común: la precisión que exige cada jugada en el campo, el equilibrio entre potencia y control, y un respeto por la tradición que se reinventa en clave contemporánea. Así como el jinete y su caballo requieren de una sintonía invisible pero exacta, conducir un Range Rover implica una comunión intuitiva entre máquina y conductor. La destreza, la estrategia y la sensibilidad estética son valores que trascienden disciplinas.

Además de su presencia en el terreno de juego, Range Rover se vincula emocionalmente con la comunidad del polo, un público que redefine el lujo desde la autenticidad. “No buscamos solo estar, sino construir un legado. Ser parte de historias que combinan innovación, herencia y visión de largo plazo”, añade Martínez.

Detrás de este entramado también se encuentra la Federación Mexicana de Polo (FMP), fundada en 1922, que ha desempeñado un papel crucial en la profesionalización del deporte. Desde la reglamentación y promoción hasta el apoyo a nuevas generaciones, la FMP ha sido guardiana de una pasión que se transmite no solo por sangre, sino por convicción.

El polo, en su versión mexicana, no solo se vive: se hereda. Y en escenarios como la Copa Agua Alta, esa herencia se viste de gala. Porque en cada partido no solo se juega un deporte, se celebra un estilo de vida donde el verdadero lujo radica en la autenticidad, la destreza y la capacidad de mirar al pasado para proyectarse hacia el futuro.