
Acapulco lo contamina todo de carácter. Cualquiera que haya asistido al Abierto Mexicano de Tenis sabe que este torneo evidentemente no es la excepción. Empezó en 1993, en la Ciudad de México, pero encontró su verdadero temperamento cuando se mudó a Acapulco. A este torneo le prestó humedad, noche, música, piel salada y gradas con ganas de fiesta.


El tenis, en teoría, es un deporte de líneas, de rectángulos perfectos, de silencios obligatorios. Este ATP 500 es distinto a los otros, pues nunca ha terminado de obedecer esa geometría. Le agrega ruido, temperatura, vida. Durante años, el torneo fue de arcilla. Ahí se instalaron sus primeras mitologías. Thomas Muster ganó cuatro veces, como si hubiera descubierto una clave secreta del calor mexicano. Rafael Nadal apareció en 2005, todavía joven, sin que nadie supiera que iba a cambiar la historia del tenis, y ganó cediendo apenas un juego en la final.
Después, en 2014, el torneo cambió a cancha dura. Dejó de ser una estación de la vieja gira latinoamericana sobre arcilla para convertirse en una antesala elegante y feroz de Indian Wells. El azul de la pista sustituyó al polvo y el juego se volvió más rápido. Llegaron Grigor Dimitrov, Dominic Thiem, Alexander Zverev, Stefanos Tsitsipas, Álex de Miñaur.

Sam Querrey le ganó a Nadal en 2017 y, de pronto, Acapulco recordó que ningún favorito está completamente a salvo bajo sus luces. Nick Kyrgios ganó en 2019 después de sobrevivir a Nadal, a Wawrinka, a Isner y a Zverev, como si hubiera decidido convertir el torneo en una provocación personal. Kyrgios siempre ha parecido un jugador escrito por alguien que desconfía de la disciplina pero cree en el talento como accidente divino. En Acapulco encontró una semana perfecta para su desorden. No hay muchos torneos donde una figura así pueda parecer, al mismo tiempo, intruso y protagonista natural.
Quien ha ido sabe que el torneo tiene una vida que empieza antes del partido y continúa después de la última pelota. Hay algo en caminar entre canchas, escuchar el golpe seco de un entrenamiento, ver a un jugador pasar a centímetros, sentarse tarde a ver un partido que no prometía demasiado y terminar atrapado por una batalla inesperada. El tenis tiene esa virtud, parece un deporte individual, pero en un torneo se vuelve una pequeña ciudad. Durante una semana, todos obedecen la misma brújula.

Acapulco ha sido muchas cosas para México: mito familiar, canción de vacaciones, recuerdo de infancia, herida abierta. El Abierto ha cargado también con esa complejidad. Durante años vendió la imagen más luminosa del puerto, pero en 2024 tuvo que enfrentarse a algo mucho más serio. Después del huracán Otis, la pregunta ya no era si vendrían grandes jugadores, sino si el torneo podía volver a levantarse junto con la ciudad. La Arena GNP Seguros fue reinaugurada casi cuatro meses después del impacto del huracán. El evento se jugó en medio de una reconstrucción difícil, con una ciudad todavía marcada.
El Abierto Mexicano de Tenis importa porque ha conseguido volverse una costumbre emocional. A finales de febrero, Acapulco se acomoda para recibir al tenis como quien recibe a un viejo conocido. Flavio Cobolli apareció en 2026 como nuevo campeón. Cada nombre agrega una capa, pero ninguno agota el lugar. El torneo siempre termina siendo más grande que su último campeón. No necesita comportarse como un torneo neutral. Su encanto está precisamente en no serlo.