
A pesar de haber aparecido en el calendario en 2016, el Abierto de Los Cabos, como el resto de los torneos “nuevos”, necesitaba algo más para empezar a existir en el imaginario de los fanáticos del deporte blanco. Entró al circuito ATP como torneo 250 de cancha dura, con el mar cerca y el desierto haciendo su trabajo de recordarle a los tenistas que el físico compite tanto como su técnica.
Los torneos jóvenes corren el riesgo de parecer selling pitches; prometen destino, hospitalidad, experiencia, proyección internacional. Cuando llega el tenis y arruina la mercadotecnia, para bien, es ahí cuando empieza la historia. El torneo empezó con Ivo Karlović, que no jugaba tanto al tenis como a una forma de intimidación vertical. Su saque parecía diseñado para ahorrarse el resto del punto. Era un campeón lógico para un torneo recién nacido. Pero Los Cabos necesitaba algo más que un primer nombre en su archivo. Lo encontró en 2018, cuando Fabio Fognini le ganó la final a Juan Martín del Potro. Fognini jugó como suelen jugar los impredecibles cuando por fin se ponen de acuerdo consigo mismos. Ganó 6-4 y 6-2, consiguió su primer título ATP en cancha dura y le dio al torneo una escena que ya no dependía del paisaje. Desde entonces, Los Cabos pudo empezar a recordar.

En 2021, Cameron Norrie derrotó a Brandon Nakashima por 6-2 y 6-2, y meses después ganaría Indian Wells. En 2026, Norrie aparece de nuevo entre los jugadores anunciados para el décimo aniversario, como si el torneo le devolviera una pequeña circularidad.
Un año después llegó Daniil Medvedev como número uno del mundo, que cambia la atmósfera de cualquier ATP 250. Su sola presencia vuelve más solemnes las conferencias, más graves los entrenamientos y más justificadas las filas. Medvedev ganó el título de 2022 ante Norrie por 7-5 y 6-0. Para Los Cabos, sin embargo, el verdadero resultado estaba en otro lado. El torneo había recibido al mejor jugador del ranking y lo había visto salir campeón. Ya no podía hablarse solo de un evento atractivo por su ubicación.
En 2023, Stefanos Tsitsipas venció a Alex de Miñaur y rompió una sequía de diez meses sin títulos. Ese mismo año, Santiago González ganó el dobles junto a Édouard Roger-Vasselin, convirtiéndose en el tercer mexicano en conquistar esa modalidad en Los Cabos, después de Miguel Ángel Reyes-Varela y Hans Hach Verdugo.

La edición de 2024 dejó la clase de historia que justifica un aniversario. Jordan Thompson salvó tres puntos de partido en cuartos de final ante Alex Michelsen, después de ir 6-0 y 3-0 abajo. Luego necesitó siete match points para derrotar a Alexander Zverev en una semifinal de tres horas y 40 minutos. Al final venció a Casper Ruud y ganó su primer título ATP. También ganó el dobles junto a Max Purcell. Estático; entra en esa zona del deporte donde el cansancio parece una forma de clarividencia.
Denis Shapovalov, campeón de 2025, hizo lo contrario. No sobrevivió al caos, lo evitó. Ganó el torneo sin perder un set y derrotó en la final a Aleksandar Kovacevic por 6-4 y 6-2. Cerró el partido en una hora y 15 minutos con un tenis que a veces parece impaciente consigo mismo: zurdo, rápido, lleno de relámpagos. En Los Cabos encontró una semana limpia. Por eso su regreso como campeón defensor en 2026 es la última imagen del torneo antes de empezar a contarse como una década.
Desde 2021, Los Cabos se juega en el Cabo Sports Complex. Primero se estrenó sin público, por las restricciones de la pandemia; después recibió a la gente y empezó a construir esa otra competencia que no aparece en el ranking, la experiencia de estar ahí. Para 2026, el complejo suma una nueva cancha y una programación especial de aniversario.

El Abierto de Los Cabos cumple diez años sin haber tenido todavía un campeón repetido en singles. El dato le da al torneo una rara democracia: cada año ha encontrado dueño distinto. No hay una dinastía que lo explique. No hay un nombre que lo absorba. Su historia se ha construido por acumulación: Karlović y su saque, Fognini contra Del Potro, Norrie descubriendo una primera copa, Medvedev llegando como número uno, Tsitsipas recuperando confianza, Thompson negándose a perder, Shapovalov atravesando el cuadro sin ceder un set.
Diez años no hacen viejo a un torneo. Apenas le permiten dejar de ser nuevo. Los Cabos todavía está en construcción, pero ya tiene escenas. El tenis necesita eso para que un lugar importe. No basta la vista al mar ni el calendario ni el patrocinio. Hace falta que un jugador falle lo imposible, que otro salve lo improbable, que alguien gane por primera vez, que un favorito salga. En el desierto, frente al mar, Los Cabos ya aprendió a producir esas pequeñas formas de memoria. Eso es lo más valioso que un torneo puede pedirle al tiempo: que, cuando llegue el aniversario, haya algo que contar.