La gente de la costa: una crónica de Cartagena

La gente de la costa sonríe. Se saludan en las calles. Bromean entre ellos. Parecen ser parte de un club secreto al que los que visitamos Cartagena solo podemos aspirar a pertenecer. Quizás es por eso que uno escucha tantas historias de personas que llegaron como eso, como visitantes, y nunca más se fueron.

Fotografía por Daniela Gutiérrez con iPhone 16 Pro.

En esta ciudad, la palabra “calor” no solo se refiere al clima. Está en el modo de hablar, en la forma de caminar por calles que se abren y se estrechan entre balcones, en la facilidad con la que una conversación con un desconocido se convierte en invitación a un café. Hay algo en el aire, una cadencia que desacelera el paso y obliga a mirar con atención.

Esa misma cadencia parece haber inspirado una iniciativa que, en pocos años, ha empezado a cambiar la manera en que se entiende el turismo de lujo en el Caribe colombiano. Se llama Nuestra Cartagena. Es una red de hoteles, restaurantes, experiencias y proyectos locales que comparten un objetivo común; posicionar a la ciudad como un destino sofisticado, sí, pero también consciente de su historia, su entorno y su gente.

La llegada desde Ciudad de México se hace a través de un vuelo directo con Copa Airlines, cuya reputación por puntualidad y servicio impecable convierte el trayecto en parte de la experiencia. No es un dato menor, pues en el turismo de lujo, la primera impresión comienza en el embarque.

La tarde de Cartagena nos recibe con aire espeso, cargado de humedad y sal. El taxi avanza por la Avenida Santander, bordeando la costa, y el mar está ahí, omnipresente, tan abierto que parece revelar la curvatura de la Tierra. La conversación con Camilo Porras Gómez, CEO de Sulit Experiences, es tan amena que apenas notamos el tráfico provocado por reparaciones.

Camilo forma parte de Nuestra Cartagena, la plataforma cuya visión compartida es que la ciudad sea un destino sofisticado y seguro, pero también consciente de su historia y de la gente que la sostiene. El nombre no tiene significados ocultos. “Nuestra Cartagena” no se trata de tomar propiedad para dominarla, sino de cuidarla como algo propio, me explican.

Fotografía por Daniela Gutiérrez con iPhone 16 Pro.

Dónde quedarse

En la calle frente a la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, Casa Carolina Hotel ocupa una casona de arquitectura colonial que ha sido restaurada sin borrar sus huellas. Desde los balcones, se observa el ir y venir de la ciudad. 

A veinte minutos en lancha, el paisaje cambia. En la Isla de Tierra Bomba, Blue Apple Beach recibe a sus huéspedes con una estética relajada y la promesa de no tener que calzar zapatos en todo el día. Portia Hart, su fundadora, entiende el lujo como un equilibrio entre belleza y propósito. El hotel, certificado como B-Corp, alberga un programa de reciclaje de vidrio que ha transformado residuos en materia prima para la ciudad, y un centro de arte que ha visto pasar a chefs y creadores internacionales. Aquí, las tardes se alargan entre ceviches, música y una comunidad que mezcla locales y visitantes con la naturalidad de quien no distingue categorías.

Dónde comer

Si el lujo es una cuestión de detalles, en Cartagena comienza por la cocina. Carmen Cartagena, dirigido por Catalina Vélez y Rob Pevitts, es ejemplo de cómo un plato puede narrar el paisaje. El producto local se trabaja con técnica precisa y un sentido claro de identidad. La carta es tanto un mapa de Colombia como un diario personal.

En Getsemaní, El Beso ocupa una casa restaurada y le da nueva vida con cocina mestiza y coctelería vibrante. Es un lugar que rehúye la solemnidad del fine dining sin renunciar a la calidad. El Caribe reinterpretado con libertad y sin prisa.

La mañana, en cambio, pertenece a lugares como Nia Bakery. Pan de masa madre, flores frescas, un ritmo pausado que parece hecho para comenzar el día sin mirar el reloj. 

Dónde vivir Cartagena

Cartagena no se agota en su arquitectura ni en sus restaurantes. Hay un pulso creativo que se expresa en otros formatos. En Lucy Jewelry, las esmeraldas colombianas (las mejores del mundo) cuentan historias que empiezan en la tierra y terminan en piezas de diseño atemporal. La Serrezuela, una antigua plaza de toros convertida en centro cultural y comercial, es ejemplo de cómo la ciudad se reinventa sin perder memoria.

La noche, por su parte, tiene sus propios códigos. Salón Tropical mezcla música y coctelería con un espíritu abierto; Casa Bohème se inclina hacia lo íntimo y lo global; y Members Only propone exclusividad sin ostentación, un espacio donde el jazz en vivo toma protagonismo.

Amare Beach Club ofrece, a orillas del mar, un día de cocina fresca, estética mediterránea y una puesta de sol inigualable. 

Terminamos una noche en el callejón ancho —que no debe confundirse con el angosto— a la una de la madrugada de un miércoles. Buscamos un “cubetazo” de Costeñitas, una lager en envase verde que se queda grabada en la memoria. Hay mesas y sillas de plástico ocupando la calle, música distinta en cada puerta, y para ir al baño debo atravesar la casa de una mujer que, sin levantarse del sillón, me indica el camino mientras mira un partido de fútbol en la tele. Estos negocios son familiares: las bebidas se venden desde la entrada, la sala se convierte en pasillo y la frontera entre lo privado y lo público se borra.

La red de Nuestra Cartagena incluye también a quienes entienden el viaje como una secuencia de momentos irrepetibles. Sulit Experiences diseña itinerarios a medida, abre puertas que no aparecen en guías y ofrece acceso a lo que normalmente está reservado a insiders. Boating Cartagena lleva a los visitantes por rutas náuticas privadas, lejos de las playas saturadas, con la ciudad recortada en el horizonte. Lunático Experience propone cenas secretas y performances que cambian de ubicación y formato, siempre con un hilo conductor: la sorpresa.

En el centro de todo, la Fundación Green Apple recuerda que un destino no puede sostenerse en el tiempo si no cuida de su entorno. Su centro de reciclaje, con capacidad para procesar 200 toneladas de vidrio al mes, es un ejemplo concreto de cómo el turismo de alto nivel puede generar impacto medible y duradero.

Fotografía por Daniela Gutiérrez con iPhone 16 Pro.

Un lujo que no se olvida

El viaje termina, como empiezan tantas conversaciones aquí, junto al mar. Desde el malecón, el horizonte es una línea que parece infinita. Pienso en lo que me dijeron el primer día: que “Nuestra Cartagena” no es un nombre de posesión, sino de cuidado. Que este club secreto al que parecen pertenecer todos los cartageneros no excluye a los forasteros, pero exige algo más que una reserva en un hotel: pide atención, respeto, y la disposición de dejarse llevar por el ritmo local.

Tal vez por eso, quienes llegan y se quedan no lo hacen por accidente. Es que, una vez que uno se acostumbra a la sonrisa de la gente de la costa, es difícil imaginarse lejos de aquí.