
Saint Tropez, siempre Saint Tropez. Las calles tocan al Mar Mediterráneo y los tejados se cubren de sol salitre. Al cruzar sus periferias, la costa arranca al turista; lo hace personaje. Se llama La Ponche el destino, y su historia, a máquina de escribir, está siendo trazada como un cadáver exquisito. Paso a paso, visita por visita, de mano en mano.
En sus habitaciones y terrazas resonaron voces que marcaron una época: Françoise Sagan, Colette, Vian, Sartre, Beauvoir. Desde ese pontón se miraron incontables aguas y veranos. En esta atmósfera se inspiraron libros —Bonjour Tristesse, La Piscine—. Pero lejos de aferrarse a la nostalgia, La Ponche ha sabido reinventarse sin que el pasado padezca. Desde su reapertura en 2022, el hotel ha encarnado un nuevo capítulo. El aire, cuando no tiene otra opción, permanece fresco, íntimo, desmaquillado.



La Ponche se abre como una casa familiar. Como aquél lugar dibujado en la mente con la palabra ‘hogar’. Tarda el tiempo en llegar al almuerzo, olores a hierbas y silencios por habitar. Esa es la idea del recinto. Cada año, con el Prix Littéraire, La Ponche convoca a escritores y lectores en un esfuerzo de preservación para el alma artística del hotel. Esther Teillard fue la última ganadora de este premio con una novela: Carnes. Donde antes había jazz y seda, ahora hay carne viva y deseo.
Este entrelazado de pasado y presente se encuentra en la propia dirección —como si de película tratase— del hotel. Léa Fabrizio busca y encuentra la sensibilidad necesaria para hacerlo. La Ponche trata de conversar con fantasmas, abrazarlos, reformularlos. Cada esfuerzo permite que Sagan, desde la mesa 16, le dé la cara al mar, vigilante, viva.





Tal vez el quid está ahí, La Ponche lo sabe. Desayunos a pie de muelle, gaviotas al fondo exclamando su existencia, cigarrillos toscos en la boca de historiadores y palabras escritas dictadas por una estructura de infinita inspiración. Esa es la consigna, la esencia de Francia junto al mar. Todos son preparativos interminables que le dan sazón al muelle. El planeta respira bajo el mismo sol y aún así desde Saint Tropez parece otro.
Se puede cambiar, es necesario e importante. Pero hay lugares que no siguen el ritmo, La Ponche es uno de ellos. Viajar, llegar aquí, es dejar que el propio cuerpo cuente; la historia atestigua a esos peregrinos. Cada huésped —caminante, nómada—es una página más. Algunos, con suerte y ardientes por contar, un capítulo entero.
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