
El segundo lanzamiento visual de Don’t Tap the Glass viene de la autoría de Tyler, the Creator y vuelve a tomar control total de la narrativa y la estética. El video de Sugar on My Tongue, dirigido bajo su propio nombre —Tyler Okonma—, se desarrolla en un espacio minimalista cubierto de azulejos, que funciona como escenario para una coreografía de tensión física y simbólica.
La propuesta visual transita del juego coreográfico a una imaginería explícita y surrealista. El propio cuerpo echa raíces que crecen aunque se arranquen. Esta mezcla de literalidad y metáfora es una constante en su obra. Todo cruje para mostrar al espectador con imágenes que oscilan entre lo lúdico y lo incómodo, lo sensual y lo grotesco. Una tesis con la que siempre se ha caracterizado el músico californiano.
Musicalmente, Sugar on My Tongue responde a la premisa central de Don’t Tap the Glass: crear música pensada para moverse. Nueva Orleans, bass del sur de Estados Unidos y electro-funk; todos son protagonistas en esta entrega. Lanzado por sorpresa el pasado 21 de julio, este álbum se aleja de las reflexiones más introspectivas de Chromakopia para apostar por un hedonismo frontal, letras sin filtro y un tempo diseñado para la pista de baile.
Expresión a flor de piel
En declaraciones recientes, Tyler explicó que parte de la inspiración surgió al reflexionar sobre cómo el miedo a ser grabados —y posteriormente ridiculizados en redes— ha limitado la espontaneidad de bailar en público. Don’t Tap the Glass es, en ese sentido, un manifiesto contra la inhibición contemporánea y un recordatorio de que el movimiento sigue siendo un acto de libertad. Muy al estilo del punk de los setentas.
Tyler se ha posicionado, con ascensos cada vez más marcados, como uno de los artistas con más gas en el tanque de la creatividad. Siempre con Okonma el resultado es nuevo, fresco e importante. Uno de los artistas más completos de esta generación; capaz de diseñar un universo sonoro y visual cohesionado, que incomoda tanto como agrada; que expresa tanto como le es posible. Y si el medio sonoro no es suficiente, siempre habrá otra manera de dejar plantadas las raíces de lo que se quiere decir.