Wim Wenders: contando para no olvidar

Entre el desierto, Berlín y La Habana, su cine traza un mapa de soledades, encuentros y contemplaciones que cambian para siempre.

Fotografía cortesía.

Travis, detrás de un cristal con ganas de olvidar, habla con Jane; la ve a los ojos, le revela lo que ya sabemos. Ella, sin poder verlo, le regresa la visión. Le regala una mirada a la oscuridad mientras el relato de su amor pasado suena en el teléfono de compañía cobrada. Wim Wenders decide contar así la historia de un corazón roto de a poco. 

Fotografía cortesía.

Nació un 14 de agosto, creció entre ruinas físicas y morales de la posguerra, un paisaje que aún marca vida y arte. Desde Alicia en las ciudades (1974) ya insinuaba su fascinación por el viaje, por el sendero del camino, espejo del que lo camina. Carreteras vacías, habitaciones alquiladas. La búsqueda de algo que no se abre por completo, decisiones tomadas que impiden su tamaño real.

En 1984 filmó Paris, Texas y con ella dibujó un mapa emocional del desierto estadounidense: rostros quemados por el sol; moteles, como estaciones de paso, entre la vida y el olvido. Tres años después, Wings of Desire (1987) puso ángeles sobre Berlín para escuchar los pensamientos de quienes cruzaban una ciudad partida en dos, sin curarse aún del frío de la guerra. La historia nos ha permitido ver que esas cicatrices simplemente no cierran.

Su mirada no se detuvo en la ficción. Buena Vista Social Club (1999) llevó a La Habana y su danzón por un viaje de memoria y arrepentimiento. Esos tacones, faldas largas y puros soltando ceniza aún están en algún rincón de esa Cuba. Perfect Days (2023), su última película, llega como un relato con rostro de él, de Wenders. De la apreciación cotidiana como adicción, como oportunidades ya lejanas, incapaces de revivir. 

Wenders ha dicho que el cine es su manera de “aprender a ver”. Quizá por eso sus películas parecen ventanas abiertas. Invitan a mirar desde lejos, quedarnos un momento más en esas vidas de todos. En tiempos de imágenes veloces y olvidos instantáneos, la obra de Wenders insiste en la paciencia, en la contemplación y en el poder de la historia bien contada.