Sentarse en la Ausencia: una poética de lo cotidiano desde la nostalgia

La exposición colectiva de Rosario Guerrero y Román de Castro convierte a la silla vacía en una metáfora viva de la memoria, el duelo y la presencia suspendida.

Fotografía cortesía

Hay objetos que, al ser despojados de función, revelan su carga simbólica más profunda. Ese es el caso de la silla, protagonista entre líneas de Sentarse en la Ausencia, la nueva exposición colectiva que presenta Proyecto H, donde dos artistas –Rosario Guerrero y Román de Castro– se encuentran por primera vez para explorar las dimensiones afectivas de lo doméstico.

Lejos de toda literalidad, esta muestra es un ejercicio de resonancia emocional. Reunidas bajo un mismo espacio, las 16 piezas –siete óleos sobre lienzo, dos composiciones en papel, cinco obras en técnica mixta y dos esculturas– forman un paisaje íntimo que oscila entre la evocación, la espera y el duelo. Cada obra, en apariencia discreta, está cargada de un peso invisible: el de quien ya no está.

Aunque pertenecen a generaciones distintas, Guerrero y De Castro coinciden en un mismo impulso creativo: dotar de alma a los objetos. En su universo plástico, la silla no es un mueble sino una huella. Una superficie que delata lo que fue, lo que sigue siendo. Hay en sus composiciones una nostalgia contenida que no es tristeza, sino lucidez: la capacidad de ver en lo ordinario una belleza que resiste al tiempo.

Las esculturas —una de madera y otra en fierro soldado y policromado— amplifican este gesto al llevar lo pictórico al volumen. Son piezas que, sin necesidad de figura humana, contienen cuerpo, historia y vibración emocional. A través de materiales nobles, cada artista construye un lenguaje que oscila entre lo sensible y lo conceptual.

Sentarse en la Ausencia no busca respuestas ni narrativas cerradas. Es una exposición que se despliega en la fragilidad de lo intermedio: ese territorio difuso donde coexisten presencia y vacío, intimidad y anonimato. Como si cada silla, cada trazo, cada superficie fuera un testigo. Y en esa contemplación suspendida, el espectador encuentra no solo el eco de lo ausente, sino también su propia silueta emocional.