
Santa Teresa decía que “quien a Dios tiene, nada le falta”. Rosalía parece haber entendido ese principio desde el arte. En Lux, la palabra precede al sonido, y la voz —limpia, enérgica— se convierte en su único dogma. “En este disco la palabra iba antes que la música. Yo me desvivo por la música, pero aquí era un acompañante de la palabra”, confiesa. Lo que escuchamos, entonces, no es una sucesión de canciones, sino una búsqueda del sentido a través de la voz.
El proyecto le tomó tres años y la llevó a recorrer las vidas de mujeres santas —Juana de Arco, Miriam, Olga de Kiev, Hildegarda de Bingen—. Rosalía las estudió y se dejó contagiar por su fuego. De ese fuego nace un álbum que se sostiene sobre la idea de la mística femenina.
El título Lux (luz) es una posición frente al mundo. Si Motomami era carne, movimiento y vértigo —un cuerpo que se desbordaba en mil direcciones—, Lux es su contrapunto espiritual. Una renuncia al exceso. Donde antes hubo percusión y colisión de estilos, ahora hay cuerdas, coros, y un acompañamiento casi litúrgico a cargo de la London Symphony Orchestra. El sonido es apenas el eco de una voz que, por momentos, parece cantar desde un claustro o una memoria antigua.
No es casual que Rosalía vista un hábito en la portada. “El hábito representa un compromiso con algo, para mí es con la música. Este paralelismo con la religión está hecho desde el amor y el respeto, para nada desde la provocación”, dice.
Lux pertenece a esa estirpe de obras que confunden los límites entre arte y plegaria. La intuición de Rosalía es musical, pero también ética. “Es un disco hecho desde el amor y sobre el amor. Al intentar entender al otro, me entiendo mejor a mí, e intento entender la experiencia humana. El proyecto me ha hecho ser más gentil conmigo. Y como uno se trata a sí mismo, trata a los de su alrededor. Por eso creo mucho en cultivar esa gentileza, esa ternura.”
Mientras el cinismo parece dominarnos, hablar de ternura es un acto político. Rosalía no lo hace desde la inocencia, sino desde la conciencia. El amor, entendido aquí, es una práctica. El resultado es un álbum que exige del oyente entrega.
“Si hubiera podido, hubiera cantado en todos los idiomas del mundo. Hay cierto tiempo que se considera el adecuado para un disco. El mundo entero no cabría en esta duración, pero mi ilusión es que todo el mundo se sienta incluido.” Así explica Rosalía su decisión de cantar en trece lenguas —del mandarín al latín, del catalán al japonés—.
Hay en Lux algo de testamento y algo de exorcismo. Una artista que fue símbolo del exceso encuentra su propia fe en la posibilidad del arte como consuelo. Al final, Lux demanda humildad. No pide que se le entienda, sino que se le acompañe. Como toda obra mística, exige que el oyente abandone sus preconcepciones y se someta —con una mezcla de curiosidad y reverencia— al modo de hacer de su autora.