
Me encontraba scrolleando por mi feed de TikTok cuando noté algo que me desconcertó. Era el quinto video consecutivo donde los colores brillantes habían desaparecido. Los tonos neutros eran los únicos que se asomaban en la superficie de las paredes y en las telas de los vestidos. Me di cuenta de que llevaba tiempo sin ver desorden. Ya no encontraba defectos, fallas, desperfectos o marcas de guerra en el comportamiento de los creadores de contenido.
Desde hace unas temporadas, tener una vida “aesthetic” se volvió una tendencia. Pero, ¿qué significa realmente?
Más que algo simplemente bonito, lo “aesthetic” es un estilo visual y emocional que sigue una serie de características específicas para transmitir una sensación de belleza, orden o identidad. Es una manera organizada y consciente de presentar las cosas. Ya sea la ropa, los espacios, los hábitos, las fotos o la manera de vivir. De esta forma, todo mantiene una coherencia estética.
Entre las múltiples vertientes de este fenómeno, destaca el “clean girl aesthetic”. Es un estilo cuyas características se relacionan con la naturalidad, la frescura y el autocuidado. Quienes lo siguen deben parecer naturalmente organizadas, saludables, radiantes y minimalistas en todo lo que hacen. Transmite la idea aspiracional de que el orden y la simpleza hacen a una mujer más bella.
Por otro lado, el “old money aesthetic” apuesta por la discreción, la elegancia silenciosa y el buen gusto clásico. Emula la apariencia de riqueza heredada, la de familias que llevan generaciones acumulando prestigio, propiedades, educación y modales refinados. Los seguidores de este estilo deben comunicar que ser así siempre ha sido parte de su vida, representando externamente que existe un capital social. Vivir bajo este estilo es decirle al mundo que se pertenece a un grupo exclusivo, aunque sea simbólicamente.
La razón de buscar introducir un aesthetic en nuestras conductas está relacionado con esa ardiente necesidad que tenemos todos los seres humanos de pertenecer a algo. O al menos, de sentir que lo hacemos. Sin embargo, también implica querer encontrarnos dentro de un grupo homogéneo, es intentar conectar con nuestra unicidad y autenticidad.

Pero, ¿qué pasa si se vuelve una obligación en lugar de una inspiración?
Una infinidad de figuras públicas comparten aspectos de su vida que navegan sobre una misma línea estilística, llamándolo “aesthetic” y logrando que parezca que ningún acontecimiento de su día a día se sale de esa imagen perfecta.
Al consumir ese tipo de contenido de forma constante, empezamos a normalizar la idea de que una vida buena y feliz depende de qué tanto seguimos un estilo que, la mayoría de las veces, ni siquiera nos representa. Un estilo que muchas veces transmite algo ajeno a nuestra verdadera identidad.
Byung-Chul Han, filósofo surcoreano especializado en teoría social y cultural, analiza cómo la sociedad contemporánea ha suprimido el dolor, el conflicto y la imperfección en favor de una positividad superficial. Por eso nace la idea de que tener una vida aesthetic provoca una felicidad casi inevitable, como si todos aquellos que se adentraran en ese estilo fueran inmunes a las adversidades y a la oscuridad de la vida.
Aunque esta suposición suene claramente falsa, se ha integrado en el sistema de creencias de la sociedad actual, desencadenando un daño silencioso. Así como Andy Sachs, que en El diablo viste a la moda, comienza a modificar su apariencia para encajar en un mundo de glamour, con ropa perfecta y marcas de lujo. A pesar de lograr dominar un estilo que todos admiran, se da cuenta que vivir así la vuelve miserable en lugar de exitosa.
Además de perpetuar una falsa felicidad, aspirar a ser aesthetic puede tener un impacto ambiental. El sobreconsumo es casi irremediable cuando la ropa y accesorios son reemplazados constantemente. Igualmente, el impacto económico puede ser inmenso y se ve reflejado en las deudas y gastos innecesarios que paradójicamente parecen necesarios para construir esa vida insuperable.
Al intentar cumplir con una variedad de reglas sobre lo que es considerado estético, empezamos a buscar siempre la perfección, y en el proceso dejamos de ser auténticos y humanos. Intentar replicar la esencia de otros nos desconecta de nosotros mismos y desata un sentimiento de insuficiencia que reprime nuestra creatividad.
La vida no es aesthetic y nunca lo será. La vida trata de pasar por el error una y otra vez, de ser imperfectos y de que lo que sentimos sea más importante que cómo nos vemos.
¿Y si el verdadero temor es mostrarle al mundo quiénes somos en el silencio, donde nadie nos ve?